La crítica: La belleza del desencanto

Austerlitz, un personaje fascinante que relata la víspera de la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas un niño.
W. G. Sebald.
W. G. Sebald. (Especial)

México

Si los ensayos de Bruce Chatwin se titularon Anatomía de la inquietud, Austerlitz, de W. G. Sebald, podría tener como subtítulo Anatomía del desencanto (por cierto, en un elogioso ensayo Sebald hace patente su admiración por la inclasificable escritura de Chatwin, como tendiendo un puente entre el nomadismo espiritual de ambos). El narrador de la novela se limita simplemente a recoger el relato que le hace Austerlitz, un personaje fascinante que en la víspera de la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas un niño, es enviado de Checoslovaquia a Inglaterra a vivir con un rígido predicador protestante y su mujer, para con ello salvarlo del destino de millones de niños judíos. El resto de su vida lo pasará Austerlitz reflexionando sobre la historia de la arquitectura, e intentando recomponer en reversa el rompecabezas de su vida, buscando rastros del destino de sus padres, ambos probablemente muertos durante la guerra. El fantasma de ese niño exiliado recorre la novela entera como un Buda triste, ya desencantado en el palacio maravilloso antes incluso de presenciar la miseria que detona su travesía espiritual.

El mundo de la Europa del Este que se desmorona aparece incluso como lo contrario: como si las fisuras reales de la historia aliviaran a Austerlitz al proporcionarle un material específico para su melancolía ontológica. Al leer a Sebald, pareciera como si esa melancolía no fuera una consecuencia del destino, sino que el destino fuera una consecuencia de un mundo ya melancólico que primero se desmoronara lentamente, para después ser dinamitado por el blitzkrieg de hierro de los nazis.

Sebald reivindica la importancia de la herida como tal, desafiando la idea imperiosa de buscar sanarla a toda costa: su escritura es la herida y la pus que supura somos los lectores regodeándonos entre el goce y la angustia de sabernos atrapados, pero también por la culpa de en el fondo no querer salir jamás de ahí. El propio Sebald proporciona una imagen de un paraje que, si bien aparece fugazmente en el libro, podría servir como escenario para toda la historia, e incluso principalmente para el inmortal estado de alma de Austerlitz: “Desde muy lejos recordé, mientras miraba al exterior, que en la casa del predicador en Bala y también más tarde había soñado a menudo con un país sin fronteras ni nombre, totalmente cubierto de oscuros bosques, que yo tenía que cruzar sin saber a dónde, y aquello que ahora veía pasar por fuera, aquello, me di cuenta, dijo Austerlitz, era el original de las imágenes que durante tantos años me habían acosado”.