La crítica: Un Zelig escritor

En una sociedad literaria solemne y poco afecta a mirar sus afectos y defectos, surge una figura que viene a reivindicar las nuevas tendencias literarias. J. Chirgo es un polígrafo, promotor del ...
"La inacabada vida y obra J. Chirgo". Gerardo de la Cruz. Terracota. México, 2015.
"La inacabada vida y obra J. Chirgo". Gerardo de la Cruz. Terracota. México, 2015. (Especial)

México

En una sociedad literaria solemne y poco afecta a mirar sus afectos y defectos, surge una figura que viene a reivindicar las nuevas tendencias literarias. J. Chirgo es un polígrafo, promotor del antimutismo, cuya obra fue recuperada a mediados de los años noventa por un grupo de autores. En el antimutismo tienen cabida peculiares prácticas, desde "la paradoja, el axioma, la farsa, la contradicción, el dogma, el sofisma, la chanza agudísima, la lógica incuestionable, hasta la psicología precisa o la observación estrábica que dirigen al inquieto y curioso lector hacia el gozo".

Se trata de un personaje creado (con destreza e ironía) por Gerardo de la Cruz (Ciudad de México, 1974) que recuerda un par de casos en donde han aparecido seres atípicos, motivo para reflexionar sobre las vanguardias. Joseph Torres Campanales (descrito por Max Aub) es un pintor cubista, contemporáneo de Picasso, Modigliani y Mondrian; tras el estallido de la Gran Guerra, Campanales se traslada a México para acabar sus días en alguna región de la selva lacandona. Aub narra la vida del pintor, aporta reflexiones y su visión crítica. Por su parte, Jerzi Andrejewski crea a un crítico de arte y pintor, Antonio Ortiz, que se alimenta de la experiencia de todas épocas y estilos para transfigurarla de inmediato en nuevas e inimaginables formas.

Tanto para J. Chirgo como para Torres Campanales y Antonio Ortiz, la alternancia de técnicas narrativas, el lenguaje desenfadado, la heterodoxia sintáctica y la pluralidad de perspectivas son instrumentos de estas fábulas casi mitológicas para mostrar las claves de la creación artística y la singularidad de cada uno de ellos como genios. Acaso una frase puede ser aplicada para los tres personajes: "alguien sentenció, más o menos, que 'dar con J. Chirgo es como hallar una moneda marcada en una bóveda bancaria'".

Gerardo de la Cruz elabora una crítica amena y lúcida a las poses literarias, a la necesidad de innovar aunque se caiga en la incongruencia de lo planteado. Aquí se exhibe una visión interesante: la figura del escritor y la necesidad de los críticos de sentir que han hecho un valioso descubrimiento o un aporte a las letras. Como refiere Gabriel Zaid, la sabiduría antigua desconfiaba de la desmesura, lo desproporcionado, el exceso. Precisamente de esos excesos y halagos, desde el punto de vista de la historia, está plagada la literatura. J. Chirgo es una suerte de Leonard Zelig (Woody Allen, 1983) que tiene la capacidad de adaptarse al medio donde se desenvuelve, en este caso, literario.