La crítica: Vida entre espacios

El arquitecto y urbanista danés Jan Gehl ha dedicado gran parte de su trabajo a la reflexión sobre ciudades pensadas para la gente que las habita.
Construcciones para una vida sana.
Construcciones para una vida sana. (Especial)

México

Un viejo proverbio escandinavo dice: “La gente va a donde hay gente”. La mayor parte de la vida urbana sucede en los espacios reservados para el tráfico peatonal. Cuando las personas transitan de sus casas a sus escuelas y trabajos, o bien a las tiendas y mercados para comprar lo que necesitan, suceden intercambios visuales, auditivos y sociales de distintas intensidades que contribuyen a su bienestar. Dichos intercambios se ven significativamente disminuidos cuando la gente se transporta en automóvil; sin embargo, también en los supermercados y los centros comerciales suceden intercambios humanos.

Los arquitectos que nos ocupamos de construir edificios, casas, comercios y oficinas, muchas veces no tomamos en cuenta las repercusiones que nuestros diseños tendrán sobre la vida cotidiana de las personas que pasan delante o transitan entre ellos. En algunas ocasiones estamos tan ocupados en la forma y los materiales que nuestras construcciones exhibirán hacia el exterior, que ni siquiera calculamos cómo será la vida de los usuarios de nuestras obras. Los urbanistas y los diseñadores urbanos se encuentran más cercanos a las reflexiones en torno al espacio público, y su trabajo tiene un impacto directo sobre la experiencia de la ciudad.

El arquitecto y urbanista danés Jan Gehl ha dedicado gran parte de su trabajo a la reflexión sobre ciudades pensadas para la gente que las habita; sus ideas han influido notablemente sobre la peatonalización del centro de Copenhague y sobre muchos otros arquitectos que se preocupan por el impacto negativo del automóvil sobre el paisaje urbano. En su libro La humanización del espacio urbano, que fue escrito en 1971, Gehl escribe: “Si a la vida entre los edificios se le proporcionan unas condiciones favorables, podrían evitarse muchos intentos caros y a menudo artificiosos y forzados, de hacer que los edificios sean interesantes y suntuosos utilizando para ello espectaculares efectos arquitectónicos”.

Los arquitectos debemos estar mucho más abiertos a críticas como la anterior, en lugar de perdernos en las modas y en intentar agradar a los críticos de arte. La mayoría de los arquitectos están más interesados en impresionar a sus colegas, ganar concursos y recibir premios, que en satisfacer las necesidades de las personas directamente relacionadas con sus proyectos. El ensimismamiento del gremio arquitectónico es una de las razones por las cuales la mayoría de las ciudades modernas son impersonales e inadecuadas para la vida al exterior.

La gente aprecia más un jardín público con columpios para los niños, una calle comercial y un paseo con fuentes, bancas y árboles, que una fachada de concreto y vidrio de formas sofisticadas. La arquitectura fantasiosa y singular debe existir en la ciudad como una suerte de acento al ritmo urbanístico, donde solamente deben destacar los edificios de interés público, como puntos de referencia o por su valor simbólico, cuando representan instituciones culturales, financieras, políticas y religiosas. Las demás construcciones se deben amalgamar de tal modo que ninguna destaque demasiado, pero entre todas puedan contribuir a crear las condiciones  para generar una vida sana y productiva para todos los habitantes de las ciudades.