La crítica: Túneles del instante

El espacio y el tiempo, su difícil representación visual.
Urban Flow. #1089. London. 2008.
Urban Flow. #1089. London. 2008. (Especial)

México

Artes del espacio. Artes del tiempo. Distinción dieciochesca. Pero más antiguo es el problema de la representación temporal en la imagen estática.

Del Quattrocento nos llega esta predela donde del primer término sale, camino del desierto, un joven San Juan para luego reaparecer en lontananza, sin disminución de tamaño... ¿Cómo transmitir, dentro de la simultaneidad del espacio, tan dilatado transcurso, sin merma de la presencia protagonista?

Algunos lustros más adelante incumbirá a Botticelli figurar al amante condenado a matar eternamente a su dama. Mientras en primer plano le arranca las vísceras, al fondo la persigue sin tregua hasta darle alcance. Ya lo dijo el sabio. Pasado, futuro y presente se reducen a una terca quimera. A un problema de perspectiva.

Las ambiciones cronográficas del vanguardismo se ciñen a intervalos menos prolijos. La cascada mecánica de Duchamp baja unos pocos peldaños. El perrito de Balla se contenta con multiplicar colas y patas. Las chispas despedidas por el afilador de Malevich deslumbran duraciones imprecisas.

Si el homomorfismo del cine representa el tiempo mediante el tiempo, el heteromorfismo practicado por Adam Magyar implica sucesión estática y crisis de ambas modalidades.

Cronometrías industriales apresan la temporalidad humana. La heterocronicidad de la iconosfera hipersaturada se anula hasta alcanzar la anacrónica quietud de la imagen válida. Reflexión, más ingeniería. Informático lírico, contempla el artista la especie en toda su particularidad de partículas que fluyen por las arterias urbanas.

Control de flujos productivos se recicla como revelación de flujos sociales. Tras su paso por el mínimo haz vertical, presentes verificados durante un transcurso de doce minutos se recogen inconsútiles en una sola imagen. El disperso afanarse del enjambre queda sometido a una severa corrección ontológica: tras presentarse ante la Ley unipixelar, todas las partículas enfilan hacia un mismo destino.

Cuando un ojo mecánico capaz de disparar mil veces por segundo se planta en la desembocadura del túnel, permanece el vagón de metro (flecha del tiempo) suspenso en una nítida luminosidad inoxidable, mientras los pasajeros se retratan exactos, únicos, igualados tras los cristales. Pero cuando es el ojo el que llega al andén, entonces la unánime espera estatuaria se anima apenas por algún parpadeo glacial; por el lánguido adagio de dos niñas que corren a reunirse con sus amigos del primer vagón.