Lo que queda de cielo

Lo que queda de cielo, de Camila Villegas, representa los factores que hacen de la trata de blancas una terrible realidad.
Una obra que va a la periferia de la víctima.
Una obra que va a la periferia de la víctima. (Especial)

México

En un país donde, a pesar de leyes y reclamos mediáticos y sociales, la mujer sigue siendo en muchos estratos una mercancía, la escritura femenina despojada de una visión panfletaria y no obstante crítica viene a ser una cubetada de agua fresca. Camila Villegas es autora de Lo que queda de cielo, una obra que omite a la víctima sobre la escena para trabajar en lo que está en la periferia y que al mismo tiempo representa los factores que hacen de la trata de blancas una terrible realidad.

Cielo es una quinceañera a quien su madre, doña Cirila, quiere legarle al menos un buen recuerdo a través de una fiesta que eche por la ventana lo que no tiene. Desea que Cielo conserve cuando menos la experiencia de una gran celebración antes de que la entregue a la prostitución. Para ello ha pactado el apoyo económico del proxeneta don V para conseguir su objetivo del "buen recuerdo". Tony es un joven enamorado de Cielo que le ha comprado su vestido de quinceañera del azul que le da nombre a la niña. Al menos madre y enamorado ignoran que no cumplirá Cielo sus quince sin perder la virginidad a manos del mejor postor y que ha
sido enviada a Estados Unidos para que rinda mayores ganancias.

Este texto fue creado en uno de los talleres que realiza en nuestro país el Royal Court Theatre de Londres con el Centro Cultural Helénico y The Anglo Mexican Foundation.

María del Carmen Félix en el papel de doña Cirila, Raúl Aranda-Lee en el de don V y Mauricio Montes Amorós en el de Tony dan cuerpo a esta historia que gira sobre la ausente Cielo, a la que esperan y no ha de llegar. Su lugar lo toma en la puesta en escena un maniquí con el vestido celeste. La estructura textual arranca con monólogos entrecruzados cuyo interlocutor es el maniquí al que demandan, anhelan, reclaman sin respuesta. Ya en la interacción entre los tres personajes se irán develando las causas y los efectos de las decisiones de los mismos de manera paulatina, con una dosificación de información que pone a trabajar la mente del espectador y lo mantiene atento.

La puesta en escena corre a cargo de la también dramaturga Aída Andrade, quien apuesta por mantener al mínimo los elementos escénicos y trabajar más con el actor. Sin embargo, algo en la dirección de actores no termina por ser del todo orgánico. El afán de bordar sobre un lenguaje pleno en giros lingüísticos regionales (que plantea la autora) se queda un tanto en la superficie sin pasar del todo por el cuerpo de los actores. Hay que verla y discutimos.

Foro A Poco No, República de Cuba 49, Centro Histórico, martes y miércoles, 20:30.