La crítica: Teatro de la República

El libro de Alberto Trueba Urbina, El Teatro de la República consigna, si no recuerdo mal, cómo en la época revolucionaria los sombrerudos disparaban sobre la pantalla cuando aparecían ...
El inmueble de Querétaro.
El inmueble de Querétaro. (Especial)

En este diario ha circulado la información sobre la venta del edificio del Teatro de la República de Querétaro, lo cual puede, incluso, alimentar esperanzas de que ese magnífico escenario decimonónico vuelva a ser eso: un teatro. La desgracia de ese edificio teatral fue que pasaran cosas muy importantes a nivel político que lo convirtieron en un mausoleo del que el arte escénico fue expulsado. Incluso la tramoya, la vestimenta y el equipo teatral le fueron retirados para que nada lo infectara como altar de la nación.

El Gran Teatro de Iturbide —que así se llamó hasta 1922 (en medio se le cayó el adjetivo de "Gran"), cuando nuestros abuelos revolucionarios le trocaron el nombre por "De la República"— se inauguró en 1852 y tuvo una suerte similar a su tocayo de la Ciudad de México, que se convirtió en Cámara de Diputados cuando un incendio consumió la anterior sede de los legisladores. Hoy lo conocemos como Asamblea Legislativa del Distrito Federal.

El libro de Alberto Trueba Urbina, El Teatro de la República (publicado en 1954 por Ediciones Botas) consigna, si no recuerdo mal, cómo en la época revolucionaria, cuando se hacían las primeras proyecciones de cinematógrafo silente, los sombrerudos disparaban sobre la pantalla cuando aparecían personajes non gratos. También recoge el juicio a Miramón, Mejía y al archiduque Maximiliano de Habsburgo a cielo abierto, aunque estaban en su interior: el techo del teatro era de zinc y las fuerzas imperialistas lo retiraron para hacer balas cuando el parque escaseó en el sitio de Querétaro, cercados por las fuerzas juaristas.

Los hechos que lo convirtieron en mausoleo fueron: la realización dentro de sus paredes del Congreso Constituyente en enero de 1917, y el 5 de febrero del mismo año la proclamación de nuestra Carta Magna. En 1929 sirvió de sede para la convención de la que surgió el Partido Nacional Revolucionario, que habría de convertirse en PRI. Pero el Teatro de Iturbide posee, amén de la política, una historia escénica fascinante porque era uno de los más importantes de la segunda mitad del siglo XIX, ruta obligada de las compañías nacionales y extranjeras hacia otras provincias.

El planteamiento que se lee en estos días en la prensa es que la Secretaría de Cultura federal compre el Teatro de la República para que lo administre el gobierno de Querétaro. Eso tendrá mucho sentido si se le regresa su función originaria y vuelve a ser un teatro en toda forma y no un sepulcro de recuerdos patrióticos (importantísimos, quién lo duda). Será un despropósito si pretenden conservarlo como museo.