La crítica: Teatro: Cachorro de león

No hay manera de salir indemne al asistir a una representación de la obra Cachorro de León. Casi todo sobre mi padre.
Un acto de sanación.
Un acto de sanación. (Uises Ávila)

México

No hay manera de salir indemne al asistir a una representación de la obra Cachorro de León. Casi todo sobre mi padre. No hay manera de no sentirse tocado por la historia de violencia familiar, así el espectador haya crecido en un entorno color de rosa —si los hubiere. No hay manera de no identificarse y ponerse en los zapatos de víctima o victimario en este país con el estigma de los Pedro Páramo violentos, gandayas, tomadores, mujeriegos, ausentes, muy ausentes... Nomás no hay manera. Y la dramaturga y directora Conchi León nos lleva por los infiernos de tener un padre que se amamantó bajo ese sino, que se repite una y otra vez, y que aparece también de vez en vez en páginas de nota roja, aunque más escasamente en juzgados. Así, la dramaturga nos empuja a un viaje personal a cada uno en la butaca, reconstruyendo al padre que se tuvo (o el que se es). Y cuando ya nos ha llevado a odiar lo suficiente a ese señor León —camionero de profesión aunque él prefiera un título más sofisticado— nos abisma en la grieta de la ternura y los buenos recuerdos, los que nos llevan a otro Pedro, ícono de la simpatía, valentía, picaresca noble (si tal cosa existe): Infante de apellido y cantante y actor de la Época de Oro del cine nacional.

Y del padre golpeador que ha hecho abortar a su madre a punta de patadas, el que engaña y siempre dice mentiras, imágenes que han calado profundo en la Conchi que evoca, trae a la escena girones de buenos recuerdos apenas perceptibles que se cuelan en ese mar de rencor al verse confrontada por un "está muriendo y quiere verte". El camionero se convierte entonces en el Pedro Infante en moto Harley-Davidson haciendo piruetas, mientras con mirada pícara y sonrisa encantadora vuelve a seducir a sus hijas vapuleadas y a esa mujer, la madre, que lo perdona todo. Y es cuando la decisión férrea de desterrar del corazón a aquel monstruo que tanto daño ha hecho flaquea y la disyuntiva de "enderezar el corazón" se presenta.

Conchi León se ha convertido en una artista de la escena mexicana de voz muy particular a sus cuarenta y poquitos años. Su proyección internacional habla del interés que despierta en otras geografías. Con Cachorro de León nos demuestra una vez más la resonancia, el poderío de esa voz.

La puesta en escena no es deslumbrante, en absoluto. La espectacularidad no es lo que resalta; si acaso algunas metáforas visuales salpican la escena. Lo trascendente está en el contar y traer a escena aquello que tanto dolió como un acto de sanación, con la esperanza de que si sana el artista ha de sanar también algún o algunos de los expectantes. Y lo logra.