La crítica: Pendientes de perlas

Artista conceptual y anacrónico fotógrafo de la moda, vende Vermeer al hombre burgués los halagos escopofílicos que demanda.
"La joven de la perla" (detalle). J. Vermeer.
"La joven de la perla" (detalle). J. Vermeer. (Especial)

México

A falta de vermeers de carne y hueso, y a la espera de conocer el nuevo museo Jumex, nos quedaba la opción de recurrir a la pantalla, dispositivo definitorio de la hora actual: en el Tamayo hubo dos funciones del documental Vermeer y la música, en tanto que, desde la propia dependencia juguera, se transmitió una mesa sobre arte contemporáneo.

Sociedad de la pantalla es esta, cada vez más prendida y más prendada de aquella superficie plana y rectangular que, destinada al visionado frontal y emplazada dentro de nuestro propio espacio corporal, nos ofrece una ventana a otra realidad, a distinta escala. Sociedad de la pantalla lo comenzaba a ser ya la Europa renacentista con su pintura de caballete, y para cuando la Edad de Oro neerlandesa las casas de Ámsterdam poseían tantos cuadros —tantas pantallas— como una casa después del Buen Fin, atestada de televisores, tabletas y teléfonos inteligentes. Los remansos domésticos de Vermeer juegan con el formato por diversos medios. Por la composición que, si en un principio resulta transparente, confunde al análisis más detenido. Por los silencios anicónicos de las paredes paralelas al plano pictórico: finísimos cuadrantes de luz. Por las figuras recortadas de modo excéntrico. Por las miradas dirigidas hacia el contraplano. Por las pinturas (pantallas) situadas dentro de la pintura. Artista conceptual y anacrónico fotógrafo de la moda, vende Vermeer al hombre burgués los halagos escopofílicos que demanda. Al centro de la exposición objeto del documental están dos cuadros que forman pareja, dos mujeres que tocan el virginal. La una, toda luz y constancia. La otra, noche toda y voluptuosidad.

A otro par de perlas, tan contrarias como iguales, se hizo referencia durante la conferencia sobre arte contemporáneo. “Este museo —señaló Gabriel Orozco— es una manera de identidad de un individuo, de una empresa. Aquí junto está el otro”. Los grandes infladores de la pelota del arte (los compradores multimillonarios) “han demostrado ser una mezcla de pendejos y gángsters”, acotó Juan Villoro, quien, procedente de su huerta literaria, propugnaba, frente a la desigualdad, la elaboración de un arte “directamente invendible”. Como a quien del tema algo sabe, le tocó a Orozco desengañarlo: “utopía sesentera; todo se vende; el reto del artista es hacer que el mercado trabaje para él”. Para otra sesión quedó la pregunta sobre la relación entre estas perlas y la implacable pauperización del trabajo.