La crítica: Mitologías

Podemos preguntarnos si el nuevo ídolo se llama destrucción de fetiches.
Arpa jarocha, Arturo Trejo e Isaac Orozco, 2013.
Arpa jarocha, Arturo Trejo e Isaac Orozco, 2013. (Luz María Carmona)

México

Finalizada anteayer en el MUAC la exposición de Vincent Meessen encaminada a la desmitificación de las Mitologías, siguen incólumes los análisis de Roland Barthes.

Hasta el 8 de junio podemos visitar en el mismo recinto la exposición pictórica de Jorge Macchi, integrada por seis óleos sobre lienzo de gran formato: diagramas del paradigma novelero consagrado por un arte empeñado en romper sistemáticamente todo molde preexistente.

Fuera del formato rectangular, apenas hay en estos cuadros cadena significante que no se trunque, apenas incoada. Excepción sería la serie de ventanas circulares que recorren en zigzag el primer lienzo, aumentando a ritmo regular su tamaño. Regularidad que confirma el sistema negándolo.

Nuestra actividad se concentra en la clasificación de unidades plástico-icónicas y en la comprobación de su inconstancia. Un “fondo” perforado se antepone a figuraciones larvales, para que mil mundos se insinúen tras el filtro cognitivo. Logrado ejercicio de una metapintura que hunde sus raíces en el medievo tardío.

Hasta ahí, puro placer. La desazón comienza al atender el discurso curatorial. Como su único argumento es la “resistencia”, se ve obligado a desenterrar por enésima vez al ya pulverizado partidario de una mítica vuelta al orden. Una vez reconstituido y despachado el espantajo, vuelve contra su otro adversario, aquel que nunca se cansa de declarar la muerte de la pintura. Este nuevo “rescate por el costado de la experiencia observadora” implica gran desprecio hacia el consumo de todos esos cuadros nunca bien observados, rodeado siempre de privilegios obscenos. Ni una palabra sobre lo que cuestan hoy las obras de Macchi.

A modo de final heroico se entona la constatación beckettiana: necesidad de seguir pintando a sabiendas de que “no hay nada que pintar ni con qué pintar”.

¿Alguna vez descubrirá la curaduría que tan “fetichista” es la grafía despersonalizada como la contraria? ¿Que el nuevo ídolo se llama destrucción de fetiches? ¿Que mucho se parecen estos coqueteos aporéticos al inefablismo de los abuelos?

Entretanto, en el Zócalo campea el lema “Más arte, menos violencia”, concretado a ras de plancha en el dulce tropo de la paz de nuestra idiosincrasia. Tanta belleza se integra con la metonimia de la guerra. Simple, sí, pero más lo es el mito cultivado allá al sur. Si la caza de capos existe para validar la impunidad, estas “resistencias” se envalentonan en la justa medida de su dependencia postrada.