La crítica: Lecciones de un cronopio

Clases de literatura: Berkeley, 1980. Julio Cortázar. Alfaguara, México, 2013.
Clases de literatura: Berkeley, 1980. Julio Cortázar. Alfaguara, México, 2013.

México

El acercamiento a la obra del argentino Julio Cortázar (1914-1984) quizá se ha vuelto problemático en un sentido favorable para la lectura, pues ya no se le considera una figura santificada de la literatura latinoamericana, lo que hiere mortalmente a cualquier autor. Hay, así, la oportunidad de establecer, una y otra vez, revisiones críticas, a veces para la cincuentona Rayuela (1963), ágil aún para unos y pesada ya para otros; o por los cuentos fantásticos, llenos de sorpresas según ciertas miradas y previsibles a ojos distintos.

Una de las primeras lecciones de este volumen es el derecho del lector, que el mismo Cortázar defiende, de tirar el libro por la ventana si éste no le satisface. Rechaza el acercamiento pasivo; apela a quienes se juegan la vida en cada lectura. No escribe para agradar a la tribu sino para establecer un diálogo de mutuas y férreas exigencias. De ese modo horizontal, sin falsos retablos ni modestias artificiales, se presenta ante los alumnos del Berkeley para referir las circunstancias en que ha escrito sus libros, que no considera piezas petrificadas, sino objetos artísticos sujetos a constante revisión.

Hay cierta moda por distinguir el vanguardismo literario en Rayuela de una actitud conservadora en el tratamiento de los personajes femeninos. Para sorpresa de muchos, Cortázar acepta esa lectura: “Me parece que la Maga es en el libro la encarnación misma de la conciencia de Horacio Oliveira. Oliveira se siente siempre denunciado y atacado por la Maga porque la Maga, con toda su ignorancia, sus limitaciones y sus carencias intelectuales, ve intuitivamente mucho mejor que Oliveira. Eso Oliveira lo acepta muy mal; en ese sentido es profundamente machista y no le gusta nada que una mujer vea con mucha más precisión y exactitud algo que él está tratando de captar y que se le escapa por un exceso de razonamiento: la Maga va y pone el dedo ahí en una palabra”.

La autocrítica es una herramienta de la que Cortázar no se desprende, lo que le permite no elevarse a nivel de “fama” (como escritor-publicista, especie que ronda en la República de las Letras), sino que se mantiene como buen y auténtico “cronopio”, logrando así que sus textos no sean objetos construidos para provocar el ditirambo, o escalones para el elogio de sí mismo, sino herramientas con las que se busca el entendimiento de lo humano.

Al hablar con los estudiantes de Berkeley se ubica Cortázar en ese punto preciso, mismo que buscó también a lo largo de su obra, en donde la conversación es posible.