La crítica: Intersticios: Melancolía nihilista

La vieja cuestión del compromiso del escritor muy a menudo se zanja por una vía indirecta: casi siempre los personajes son llevados y traídos por el vaivén de las circunstancias de la época.
El payaso Hans Schnier narra su doble caída en el abismo
El payaso Hans Schnier narra su doble caída en el abismo (Especial)

México

La vieja cuestión del compromiso del escritor muy a menudo se zanja por una vía indirecta: casi siempre los personajes son llevados y traídos por el vaivén de las circunstancias de la época, en ocasiones de manera más explícita (las novelas bélicas quizá serían el culmen de esta situación: todo lo que ocurre a los personajes está dictado por los horrores de la guerra), en ocasiones simplemente a través de las consecuencias en la conducta que traen consigo las costumbres y el modo de pensar del entorno. Así, sin necesidad de denunciar explícitamente los males de su tiempo, los grandes autores lo hacen de una forma sutil, literaria, mucho más hermosa y efectiva que en el caso de expresiones más descarnadas.

Es el caso del hermoso libro Opiniones de un payaso (Seix Barral) del Nobel alemán, Heinrich Böll. El payaso Hans Schnier narra su doble caída en el abismo: como payaso profesional venido a menos que pasa todo tipo de penurias, incluida el hambre, abandonado por la única mujer "con la cual puedo hacer lo que los hombres hacen con las mujeres: Marie", principalmente a causa de diferencias religiosas, pues el catolicismo de Marie la hace vivir con tremenda culpa el ateísmo de Schnier, al grado de casi interpretar un par de abortos naturales como castigo divino.

Situado en la Alemania de la posguerra, el desencanto ontológico del payaso aparece como una consecuencia natural del clima de descomposición resacoso que sobrevino al horror nazi. Schnier es un personaje entrañable, que acepta cada nuevo descenso de su espiral de abandono y patetismo con la resignación ante lo inevitable, ante un destino que si bien teóricamente estaba en sus manos conducir por otro camino, resulta inexorable a cada nueva decisión tomada, pues al volverse payaso defrauda la expectativa familiar de "una vida heroica: ir a una fábrica o trabajar en una empresa constructora para poder sustentar a mi amada".

Schnier descree a partes iguales de la hipocresía de los dueños del dinero y del catolicismo, trenzados en un contubernio que permite a la Iglesia conservar su poder sobre las almas, lavar la conciencia de los ricos, y continuar suministrando a los pobres la idea del sufrimiento en la Tierra como tránsito necesario para acceder a la salvación del más allá: la ecuación es redonda: "Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?".

El suyo es una especie de nihilismo al que le falta el correspondiente desapego emocional. Schnier encarna como pocos personajes de la literatura la conciencia plena de una vida que ha perdido todo el sentido, con el correspondiente dolor que ello produce. Heinrich Böll condensa en una imagen la melancolía que ha plasmado de manera genial a través de las vicisitudes de su payaso: "Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas".