La crítica: Intersticios. Atormentar al tormento

Thom Yorke, de Radiohead.
Thom Yorke, de Radiohead. (EFE)

México

Es famosa la idea nietzscheana de que el arte es lo único que hace que la vida valga la pena de ser vivida. Sin embargo, también sabemos que el verdadero arte a menudo resulta un tormento para el artista que lo produce. Estos dos elementos contrapuestos se encuentran en una anécdota contada por Thom Yorke sobre la creación de una de las canciones más emblemáticas de Radiohead, “Paranoid Android”. Yorke cuenta que se encontraba en un bar en Hollywood, “el centro del mundo occidental”, contemplando a una desolada mujer anoréxica, cuyo esposo trata de convencer frente a sus ojos a una joven azafata de acompañarlo a su mansión a probar su vino. De pronto, un amigo de Yorke derrama accidentalmente vino sobre el traje Gucci de la mujer, y esta se pone a dar de gritos como poseída, mientras el amigo es sacado a empujones del bar por los garroteros.

Thom Yorke se quedó tan impresionado por la escena que no conseguía dejar de darle vueltas: “No pude dormir en toda la noche, preguntándome en qué nos hemos metido. Voces que suenan como máquinas de fax, silbando y escupiendo como demonios. Esta es la raza dominante. Y ahora formo parte de ella”. Sobra decir que la mujer se convertiría en la “kicking, screaming Gucci little piggy “de “Paranoid Android”, con lo que pasó a la historia de uno de los lamentos más hermosos sobre la realidad demoniaca del mundo posindustrial.

Uno de los elementos más curiosos es la conciencia de Yorke de formar parte de esa misma raza dominante de la que se mofa y ataca de manera despiadada en sus canciones. Recordando a la “conciencia hipertrofiada” del hombre del subsuelo de Dostoievski, la conciencia de Yorke tiene primero la agudeza necesaria para abstraer situaciones como la vivida y trasladarlas al lenguaje musical, pero también para castigarse a sí misma precisamente por el éxito y la adoración resultantes de su magistral sensibilidad artística. Atormentado por el cambio climático, Yorke declaró hace poco su vacilación respecto a seguir dando conciertos. Y, sin embargo, puede más el impulso artístico, la vanidad y las ganancias millonarias que la conciencia atormentada cuyo camino lógico implicaría la renuncia y el silencio. Solo una música proveniente de una tensión dramática genuina, creada por un individuo despedazado por sí mismo, podría tener la hermosa y devastadora melancolía radioheadiana, y convertirla en una especie de réquiem por una raza escuchado en vida, que al menos consuela a quienes lo gozan en su tránsito hacia el réquiem final.