La crítica: Herejes

Rebeldes, nómadas, traidores, herejes… de distintas épocas ocupan las páginas de esta novela.
Leonardo Padura, "Herejes", Tusquets,  México, 2013, 520 pp.
Leonardo Padura, "Herejes", Tusquets, México, 2013, 520 pp. (Especial)

México

La antigua imagen, ya desplegada novelísticamente por otros escritores hispanoamericanos, aparece ahora en la nueva entrega del cubano Leonardo Padura (1955), Herejes. Judit, daga en mano, sega sin piedad la garganta de Holofernes. Rebeldes, nómadas, traidores, herejes… de distintas épocas ocupan las páginas de esta novela, que bien podría atenderse como si fueran tres, y con la que su autor abarca géneros y bogas, como antes lo hizo con El hombre que amaba los perros (premiada en Cuba, Italia y Francia, y que pronto se trasladará al cine).

De entre el amplio listado de novelistas policiacos que a partir de los ochenta obtuvo el reconocimiento de lectores y crítica, Padura es quizás quien más ha dilatado  sus temas y estructuras literarias, no sin dejar de lado una de las fórmulas básicas en los terrenos. Su personaje Mario Conde, ex detective oficial cubano venido a vendedor de libros y arte antiguos en una ruinosa Habana, aparece en la totalidad de sus títulos, casi una docena, si bien los editores solo abarquen en la correspondiente serie siete novelas (Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y Lacola de la serpiente).

Y ciertamente es en las otras, y ahora en Herejes, donde la novelística de Padura se despliega ambiciosa y universal; propositiva y fiduciaria de las mejores letras del entre siglo de nuestras regiones. Dividida en tres libros, Herejes contiene una novela histórica (la que narra los sucesos de una familia judía en la capital cubana); otra más (que remonta sus búsquedas a un pasado lejano, el de la incluyente Ámsterdam y el genio de Rembrandt); y una última (marcada por la recreación de las llamadas tribus urbanas contemporáneas de La Habana de nuestros días).

Un motivo portentoso —origen, pérdida, hallazgo—, identificado en una obra de Van Rijn hilvana los tres libros, y reúne en sus tramas a un colectivo de herejes que entienden bien la existencia de “renuncias imposibles” y de la fragilidad de la felicidad, “casi un chispazo”.

Los círculos que se extienden en la historia, las historias de Herejes, terminan por  cerrarse. Quedan los escenarios (espacios de libertad y encierro; de esplendor y corrupción) y de nuevo la imagen de esa Judit bíblica, ejecutora valiente, cortándole el cuello al general babilonio y preservando la libertad del reino.

Porque la libertad, lo entienden estos nuevos herejes de Padura, “es una guerra donde se debe pelear todos los días, contra todos los poderes, contra todos los miedos”.