Gritos, sombrerazos y santos vega

Gritos y sombrerazos silenciosos han ocurrido con el desenlace de la Muestra Estatal de Teatro (MET) Saúl García Mesta, de Durango, llevada a cabo la semana pasada.
Vega Camargo reina como solitario Lear.
Vega Camargo reina como solitario Lear. (Especial)

Gritos y sombrerazos silenciosos han ocurrido con el desenlace de la Muestra Estatal de Teatro (MET) Saúl García Mesta, de Durango, llevada a cabo la semana pasada. El jurado ha llamado la atención a los teatristas por el bajísimo nivel artístico mostrado, aunque faltó añadir que en lo que sí pueden ser campeones es en el nivel de grilla y zancadillas con que suelen conducirse no solo con el Instituto de Cultura sino también, y de manera muy dedicada, contra sí mismos. Me consta que la institución ha realizado muchísimas acciones formativas (talleres, seminarios, cursos), publicaciones teóricas y festivales (incluida la Muestra Nacional de Teatro en 2013) sin que tantas y tantas golondrinas hagan verano en la calidad artística. La conclusión es: la güeva impera. No existe una corresponsabilidad de parte de los creadores, que son buenísimos para exigir a los funcionarios, pero malísimos para tener autoexigencia, estudio, rigor y disciplina que lleve el teatro de Durango a otra esfera.

Empecemos por decir que no se oye a los actores y los cuerpos sin entrenamiento de éstos son una desgracia sin presencia escénica;
de los directores no se sabe bien qué leyeron de los textos, y campea una nula concepción del espacio escénico, de la iluminación, de la escenografía y un largo etcétera. Al menos un par de directores más potentes no participaron de esta edición de la MET y la desolación fue casi general. Pasto verde en la llanura nos regaló Alexis Braulio con La Ilíada. Versión 7.3 y, aunque en proceso, su ¿Cómo va la noche, Macbeth? Alexis es animal escénico que se cuece aparte y nos hizo disfrutar, por fin, de teatro con todas sus letras. El árbol, de Elena Garro, nos brindó un par de actuaciones destacadas a manos de Beatriz Guerrero y la potente Diana Reyes, bajo la dirección limpia de Fabricio Porras.

El momento mágico corrió a cargo del más veterano de los actores de Durango, el hermoso hombre de teatro que es Santos Vega Camargo, de 70 años. Yo tenía por lo menos tres o cuatro años sin verlo. A pesar de que El confesionario, ópera prima del autor duranguense Jano González, no es redonda, y sobre todo a pesar de que el actor que lo acompaña y la directora no hicieron su chamba, Vega reina como solitario Lear sobre el escenario para encarnar a un viejo boxeador. Santos golpea la pera, sirve tragos, se hinca, con una precisión enorme para ser, hoy, un hombre ciego. Cosa que solo pude descubrir cuando fui a abrazarlo y su hija me dijo: "Dígale quién es porque ya no ve". Grande hombre de teatro.