La crítica: Gayola, El Paraíso /I

Marcel Carné bautiza a gayola como la fortuna de pertenecer al pueblo, ahí están "Los infantes del paraíso".
El final de la película duele.
El final de la película duele. (Especial)

México

Gayola, en ciertos lugares de Hispanoamérica, es un tipo de choza que se construye en la copa de un árbol y sirve para vigilar. En México se conoce como la parte más alejada de cualquier escenario; es un lugar destinado a la raza, a la gente de bajos recursos, y en algunas arenas de box y lucha se puede estar en gayola solamente de pie; es como una jaula situada hasta arriba y lejos de la arena.

Marcel Carné bautiza a gayola como la fortuna de pertenecer al pueblo, ahí están Los infantes del paraíso; desde ahí se goza el espectáculo, se aplaude, se grita, se bebe vino a pico de botella y se chifla más, sobre todo si lo que ve no le gusta; es el pueblo en lo alto del paraíso.

Cabe señalar, a manera de paréntesis, que en el Teatro de Bellas Artes sucede lo mismo: ¿quién de nosotros no ha visto óperas clásicas o modernas desde el tercer piso? ¡Y es verdad! ¡Somos la raza, aunque cómodamente sentada! Ahí vemos —como si estuviéramos en la copa de los árboles, cerca del paraíso—, pero lejos del proscenio, cómo las pasiones humanas se convierten en una interpretación de la vida en arte.

En Los infantes del paraíso están todos los elementos de un melodrama bien estructurado: de principio a fin nos mantiene atentos al desarrollo de los acontecimientos. Carné logra un final abierto pero fuerte, y resulta fascinante su posición respecto al amor pasional: sabemos que Garance es una oportunista que prefirió la seguridad que otorga el dinero, a satisfacer su verdadero amor; por eso el final de la película duele.

Cabe destacar una elipsis que resulta un poema al erotismo y una revelación dramática que hace avanzar la historia. Baptiste conduce primero a Frederick, su amigo actor, amante de Shakespeare, a la casa de huéspedes; más adelante a Garance, la mujer de la que está enamorado, y la deja sola en el cuarto. A punto de acostarse, Frederick la oye cantar, se asoma al balcón y se reconocen.

El actor va a la habitación de la mujer, que se encuentra en paños menores; mientras se le acerca, sonríe como un fauno. Carné cierra el capítulo con un fade out. En ese momento sabemos que Garance nunca se entregará a Baptiste.

La secuencia de la presentación de pantomima de Baptiste —en la que expresa que el amor es desgarrador y por eso trata de suicidarse, pero una niña y después una joven enamorada se lo impiden— es un verdadero bocatto di Cardinale. Es oxígeno puro en una historia que nos tiene enredados durante un poco más de tres horas.

¡Viva gayola, el paraíso!

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Los infantes del paraíso (Francia, 1945), dirigida por Marcel Carné, con: Arletty y Jean-Louis Berrault.