La crítica: Espacios para el arte

El proyecto de un museo tiene implicaciones urbanísticas, espaciales y funcionales muy complejas, que no todos los arquitectos son capaces de abordar.
Diseño de museos, tema muy atractivo.
Diseño de museos, tema muy atractivo. (Mark Niedermann)

México

La apreciación del arte requiere, sin duda, de cierta preparación por parte del espectador. No me refiero a que sea necesario estudiar el arte para ser capaces de apreciarlo, pero se disfruta mejor si la persona se prepara o, mejor dicho, se predispone a entrar en contacto con la obra. Por esta razón el museo o la galería proporcionan al espectador y a la obra las mejores condiciones para la experiencia estética. Estas condiciones incluyen el recogimiento necesario y el silencio para gozar de la obra, la óptima iluminación —que elimine las sombras y la luz solar directa— y la amplitud del espacio que permita mirar la obra sin ningún tipo de contaminación visual.

Pero aparte de las condiciones físicas para la apreciación artística, por su valor simbólico el museo proporciona las condiciones psicológicas para que el espectador esté consciente de que todo lo que va a encontrar en el interior de las salas de exposición tiene una intención estética y, por lo tanto, aguzar sus sentidos para recibir todos los estímulos.

Considerando las reflexiones anteriores, el diseño de espacios para la exhibición artística es uno de los temas más atractivos para los arquitectos. El proyecto de un museo tiene implicaciones urbanísticas, espaciales y funcionales muy complejas, que no todos los arquitectos son capaces de abordar. Es imposible hablar del museo perfecto, sobre todo porque nadie sabe qué se necesita para alcanzar la perfección. Sin embargo, existen arquitectos que han trabajado muy acertadamente en la búsqueda de la optimización del espacio museístico.

Personalmente pienso que Renzo Piano ha sido el arquitecto más vanguardista en el diseño de museos, desde que ganó, junto con Richard Rogers, el concurso para el Centro Georges Pompidou en París en 1971. En 1982 realizó un importante hallazgo para conseguir la iluminación más constante en el interior de una sala de exposición; esto lo obtuvo con el diseño de la cubierta del museo para la colección Menil en Houston, que consistió en una serie de parteluces horizontales que permiten la entrada de luz natural, refractando los rayos solares que penetran al interior del espacio. Pero 10 años después, en 1992, superó su propio invento, en el proyecto para el Museo de la Fundación Beyeler construido en Basilea, que prácticamente elimina la sensación de separación entre espacio interior y exterior, generando un ambiente idóneo para la apreciación del arte y complementándolo con la experiencia estética del paisaje de los Alpes suizos, que salen sorpresivamente al encuentro del espectador.