La crítica: Espacios: Ciudad rota

Es difícil hablar de la violencia en la frontera entre México y Estados Unidos, ya que la línea fronteriza en sí misma es un acto violento. 
Las comunidades resisten la separación.
Las comunidades resisten la separación. (Especial)

México

Es difícil hablar de la violencia en la frontera entre México y Estados Unidos, ya que la línea fronteriza en sí misma es un acto violento. El conglomerado urbano fronterizo que engloba a los más de dos y medio millones de habitantes de Tijuana y San Diego constituye la población más numerosa en el mundo que vive en la frontera entre dos países. La frontera es una línea abstracta que divide a la gente del sur y del norte aunque compartan la misma cultura local. A pesar de que desde hace casi quince años la frontera se ha militarizado y el muro que separa ambos países se ha reforzado, las comunidades han podido resistir a la separación y han dado a la línea una mínima porosidad, apenas un hueco para un apretón de manos a través de la cerca metálica.

Ejemplo de ello es el Parque Binacional de la Amistad, que se encuentra entre las dos ciudades y que fue creado en suelo estadunidense para libre acceso de ciudadanos de ambos países. Debido al recrudecimiento de la militarización de la frontera, el parque fue cerrado para visitantes desde el lado mexicano en 2009. Sin embargo, gracias a la organización civil de las comunidades de ambos países, las cuales ejercieron presión sobre las autoridades, han conseguido que se permita el acceso desde México en pequeños grupos de personas y en horarios restringidos desde finales del año pasado.

Tijuana y San Diego son una misma ciudad partida por la mitad; toda su gente respira el mismo aire, bebe de la misma agua, se baña en el mismo océano. Las avenidas quedan truncadas, los parques cercenados, las familias separadas, todo ello por una construcción imaginaria humana —la frontera, que es lo más artificial que ha concebido nuestra especie—. En el espacio geográfico sí existen, en cambio, límites naturales, como los mares, los ríos y las montañas, que obstaculizan el paso de los humanos y, en un momento dado, podrían separar territorios. Los animales silvestres también marcan sus territorios con sus olores y sus ruidos, y los defienden ferozmente. Pero en el paisaje, los límites no son herméticos, son traspasables y tienen sentido de identidad para los pobladores de ambos lados.

En el 2000 México le regaló a San Diego una escultura del artista Leonardo Nierman llamada Flama de la amistad, que fue colocada frente al centro de convenciones en Imperial Beach, una de las zonas más desfavorecidas de la ciudad. Cuando las fronteras además marcan contrastes tan extremos entre las condiciones de vida de los habitantes, como en el caso de San Diego y Tijuana, es irónico nombrar a los parques y monumentos con el sustantivo "amistad".