La crítica: Espacialidad

Otros elementos urbanos se convierten involuntariamente en símbolos abstractos que representan una síntesis formal de alguna idea que quizá no coincide con su intención inicial.
Los edificios se convierten en símbolos.
Los edificios se convierten en símbolos. (Especial)

México

La arquitectura es una forma silenciosa de arte. En primer lugar porque se considera un medio para satisfacer la necesidad de espacios para las múltiples actividades humanas, mucho antes de que se pueda considerar un producto estético. De este modo el espacio arquitectónico se percibe casi siempre como el telón de fondo y rara vez lleva el papel protagónico dentro de la escena que se lleva a cabo en su interior. En segundo lugar, la mayor parte de la arquitectura es anónima dentro de la ciudad ya que quizá más de 90 por ciento de las construcciones es para uso privado y, por esta razón, carecen prácticamente de todo valor simbólico.

Si consideramos al fenómeno arquitectónico como aquello que resulta de la intersección de todas sus representaciones, incluida la experiencia física de espacio, encontraremos que las fotografías (fijas y móviles), los relatos descriptivos y la abstracción gráfica del aspecto exterior del edificio, pueden cumplir en ocasiones con la característica de sintetizar un concepto arquitectónico, pero la institución que alberga el edificio nunca está representada por su espacialidad. Por ejemplo, los edificios religiosos, tienen un carácter monumental que comunica su importancia en el paisaje urbano. Esta monumentalidad es compartida por los edificios dedicados a la cultura y a las instituciones de gobierno, como el parlamento y los ministerios. También las grandes corporaciones industriales y financieras utilizan la arquitectura como un medio de representación de la idea de solidez que quieren transmitir al público. Quizá por ello no sea coincidencia que muchas instituciones bancarias utilicen la imagen de sus edificios-sede como el motivo principal de sus logotipos.

Otros elementos urbanos se convierten involuntariamente en símbolos abstractos que representan una síntesis formal de alguna idea que quizá no coincide con su intención inicial. Por ejemplo, las torres de Satélite, del escultor Mathias Goeritz, que en principio se construyeron para marcar la entrada a un fraccionamiento suburbano, hoy representan la síntesis del espíritu de un tiempo donde se veía a la modernidad con una carga de optimismo que en nuestros días ha resultado obsoleta. Curiosamente, los edificios que tienen una geometría peculiar y reconocible, son aquellos más susceptibles de ser identificados y son recordados con mayor facilidad. En México, sin duda, la obra urbana de Agustín Hernández es la que más se acerca a este género de expresión escultórica. Sin embargo, el fenómeno se ha extendido por todo el mundo y se verifica en casi toda la obra arquitectónica que tiene la intención de representar físicamente a la institución a la que alberga.