La crítica: Efectos de la belleza

Dos años valieron para la construcción de una de las novelas más importantes de la literatura del siglo veinte mexicano, Farabeuf o la crónica de un instante.
Salvador Elizondo, 'Farabeuf o la crónica de un instante', El Colegio Nacional, México, 2015, 288 pp.
Salvador Elizondo, 'Farabeuf o la crónica de un instante', El Colegio Nacional, México, 2015, 288 pp. (Especial)

Dos años, tiempo donde bien pudieran condensarse todos los impulsos, pretéritos y futuros, del escritor en ciernes que era para entonces Salvador Elizondo (1932-2006), valieron para la construcción de una de las novelas más importantes de la literatura del siglo veinte mexicano, Farabeuf o la crónica de un instante. De ahí la obstinación del autor en la escritura de cuentos, poemas, aforismos, ensayos... y cierto orden en cada uno de sus ejercicios de redacción, al grado de encuadernar sus manuscritos diarios. De entre todo, "La quimera", nombre inicial de la novela ahora cincuentenaria, fue sin duda el mejor corolario.

"Obra construida en torno a dos series paralelas de signos que se reflejan unos a otros y cuyas combinaciones producen imágenes y situaciones semejantes, aunque en cada ocasión ligeramente distintas", la definió Octavio Paz, Farabeuf se ubicó en un sitio de privilegio en nuestra república letrada. Editada en el sello Joaquín Mortiz, recibió el Xavier Villaurrutia (1965). Convirtiéndose también en un libro de gran atracción para los nuevos lectores, como anota Paulina Lavista en su nueva versión conmemorativa a cargo de El Colegio Nacional, del que Elizondo fue miembro. Nueva entrega a la altura de sus significados en el tiempo que se acompaña con documentos, manuscritos, esquemas y textos acerca de la novela.

Vista, leída, reflexionada en el tiempo Farabeuf se torna cada vez más importante. "Metáfora de una realidad que siempre se nos aparece, ella misma, como signo, como metáfora", advertía el propio Paz de la novelística de Elizondo, quien al hablar de su génesis alternaba explicaciones que iban de lo práctico a lo teórico. Al punto de reconocer, dejando de lado la escritura china y las cuestiones más visuales, aspectos más profundos. Eso que apoyado en Edgar Allan Poe definió como el efecto poético: espacio en el que se reúnen el conjunto de imágenes. "Combinación aparentemente azarosa, pero yo creo que instintivamente, perfectamente clasificada y medida, me permitieron esa conjunción de imágenes que producen una tercera imagen".

Años después (1992), Elizondo explicaría así la escritura de Farabeuf: "... la mejor manera de percibir un efecto subjetivo es mediante, cuando menos en la literatura creo yo, la aplicación de ese principio de montaje, que es lo que yo hice por intuición más que por conocimiento verdadero. Ahora, ya por conocimiento, podría volver a escribir Farabeuf y posiblemente conseguiría efectos mucho mejores que los que, o no tan malos como los que, o no tan débiles como los que conseguí en este libro". La insistencia de siempre (siguiendo a Poe) de percibir la belleza no en la cualidad de las cosas sino en sus efectos.

Farabeuf, en su edición conmemorativa, incluye textos de Octavio Paz, Paulina Lavista, Mariana Elizondo, Gabriel Zaid, Mauricio Montiel Figueras, Manuel Gallego Roca, Margo Glantz, Michele Alban, Guillermo Sheridan, Adolfo Castañón, Emiliano Monge, Jorge F. Hernández, Pablo Soler Frost, Javier García-Galiano, Anamari Gomís y Alejandro Toledo.