La crítica: Conversación animada

Más allá de poner al desnudo su propio artificio y sus prejuicios, le interesa a Gondry retratar “el lado humano” de Chomsky.
Is the Man Who Is Tall Happy?
Is the Man Who Is Tall Happy? (Especial)

Ya circula por los cauces digitales —tasados algunos; otros, torrenciales— la nueva animación en la que Michel Gondry ilustra, condensa, subvierte y remacha una conversación con Noam Chomsky. Intercambio tenso y accidentado en el que se burla el cineasta de su propia inepcia en lengua inglesa, sin dejar de señalar cierta sordera pedante por parte de su interlocutor: “no era fácil hacer que me escuchase”.

Vulnerado por la sospecha el antiguo vínculo entre verdad e índice fotográfico, se buscan nuevos modos de explorar lo real. Esta película se inscribe dentro de aquel subgénero de animación documental en el que a trazo suelto se improvisa sobre conversaciones grabadas.

Más allá de poner al desnudo su propio artificio y sus prejuicios, le interesa a Gondry retratar “el lado humano” de Chomsky, como si el “sentido de la vida” (que para el lingüista se agota en el tránsito del polvo al polvo); o la relación de pareja (sentimentalizada aquí como paseo por las nubes en bicicleta); o la actitud ante la propia muerte fueran temas más “humanos” que los de la gramática universal o la correlación entre ayuda militar estadunidense y violación de derechos humanos.

Con todo, la interacción verbo-icónica lograda por el francés resulta graciosa, sugerente y atractiva. El tropo más recurrente es el de la propagación veloz de coloridas formas arborescentes, alusivas a los mismos procesos generativo-recursivos que nos dan el pensamiento sin límite. La continuidad meramente psíquica de nuestros referentes lingüísticos se explora y aclara con dibujos animados del Río Charles, lleno de arsénico sin dejar de ser río, pero, por una simple transición de fase, convertido en supervía. Al hablar de las competencias lingüísticas innatas, la boca se transforma en vagina de parto. Gira multicolor el carrusel de la escuela primaria, mientras la secundaria es aciaga pista de atletismo que desemboca en muro de ladrillos. ¿Qué sentido tiene ser mejor que otro?, pregunta Chomsky.

Las repeticiones del sabio se recogen en dibujos reciclados. “Algo sabía de lengua hebrea”, dice, y vemos de nuevo la rica imagen de su padre impartiéndole filología sionista.

Si a veces el inglés precario del animador produce contrasentidos —mal se representa con las piezas fijas del rompecabezas la fecunda perplejidad de la puzzlement científica— por otra parte existe una honda consonancia entre estas metamorfosis huidizas y la relación entre las palabras y las cosas.