La crítica: Cine. Voluntad inmarcesible

'Hannah Arendt' es una emotiva odisea en el amplio sentido de la aventura, donde es preciso luchar por lo que se es y, sobre todo, por lo que se piensa para poder sobrevivir.
Merecido aplauso a Von Trotta.
Merecido aplauso a Von Trotta. (Especial)

México

En Hannah Arendt, última película de Margaret von Trotta —única cineasta que perteneció al grupo del Nuevo Cine Alemán en los años setenta y del que surgieron Schlöndorff, Herzog y Fassbinder—, el inicio tiene el tinte de un thriller: es de noche, un camión de pasajeros avanza zangoloteándose por un camino de terracería, escena con el apoyo de música de suspenso; el camión se detiene y un hombre baja alumbrándose con una lámpara y, más adelante, otros hombres lo secuestran. Nos enteramos de que la víctima es Adolf Eichmann, un ex funcionario nazi que manejaba los ferrocarriles que conducían a los judíos a las cámaras de gas y que se escondía en un lugar de Argentina.

Hannah Arendt es una emotiva odisea en el amplio sentido de la aventura, donde es preciso luchar por lo que se es y, sobre todo, por lo que se piensa para poder sobrevivir.

En esta insólita aventura, también llena de peligros, podemos ver a los hipócritas cocodrilos que se dan de latigazos para luego soltar una feroz dentellada, a las víboras constrictoras que compelen a la heroína a que haga las cosas de otra manera y a las hienas que se alimentan febrilmente de la carroña del odio; esos son los contrincantes de Hannah, cuya voluntad, provecta pero inmarcesible, es inquebrantable.

Hannah vive en Nueva York, a principios de los sesenta, y tiene fama de ser una buena escritora y connotada maestra de filosofía; un día como cualquier otro, se entera que el New Yorker le ofrece la posibilidad de cubrir el juicio a Eichmann en Jerusalén.

El conflicto dramático esencial —como diría el ínclito maestro John Howard Lawson— es que la filósofa se ha dado cuenta, con su preclaro sentido de la razón, que ese paupérrimo individuo era un burócrata que solo recibía órdenes que ejecutaba sin pensar y que el juicio carece de importancia, lo que le genera agresiones, insultos e incluso la petición de que renuncie a su cátedra.

Imposible no pensar, es lo que nos deja la película; el pensamiento es la premisa fundamental, y por eso salimos del cine preguntándonos: ¿el mal tiene sentido?

Un merecido aplauso a la cineasta alemana, cuyo cine está muy lejos de ser tildado de “feminista”, porque la problemática de su cine nos llega con un sentido de la realidad que aniquila los “ismos”. ¡Bravo, señora, con sus más de 70 años!

El pensamiento es la esencia de la libertad; pero entonces surge una pregunta que no podemos soslayar: ¿cuántos seres en el mundo han recibido órdenes de matar gente y viven tan campantes? A Eichmann lo sentenciaron a la horca.

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[b]Hannah Arendt (Alemania, 2012), dirigida por Margaret von Trotta, con Barbara Sukova y Axel Milberg.[/b]