La crítica: Cine. Conjuro sin chiste

Puro efecto, sin propuesta o aportación dramática que valga dentro de los cánones del cine de terror.
Puro efecto.
Puro efecto. (Especial)

México

Una familia clase media estadunidense, por razones apenas sancochadas, adquiere una casa de campo deteriorada. No podemos evitar preguntarnos: ¿por qué una familia del american way of life, con el absurdo de tener un titipuchal de hijas bonitas, adquiere una casa como esa?

Es evidente que los autores “necesitan” de manera gratuita que la compren para lograr el terror tradicional: hay puertas y pisos de madera que rechinan, un sótano oculto que descubren por casualidad para justificar que sirvió para cometer un espantoso crimen, una muñeca estereotipada —especie de hermana de Chucky— más toda la casa embrujada que ha sido manejada hasta la saciedad desde los años veinte, en que irrumpió en la pantalla Vampyr, de Carl T. Dryer, que dejó al público sin aliento.

La película tiene el descarado valor de advertir al espectador que los hechos son reales —¡maldito quien crea que esto es una película de terror de a de veras!—, pero ese recurso ya no produce impacto más que en los insulsos. Lo que sí podemos garantizar es que el guión está basado en el efecto del “chan, chan, chan”, apoyándose en música estridente que asusta menos que estar en un antro bebiendo cerveza, oyendo música de José Alfredo y donde se va a efectuar un secuestro.

No cabe duda, los efectos son magníficos: se nota que el realizador está muy preocupado por lograr que los cuerpos de sus personajes se arrastren por el piso como si una “fuerza siniestra”, de manera muy diestra, lo hiciera sin que se note el truco. El resultado es eso: puro efecto, sin propuesta o aportación dramática que valga dentro de los cánones del cine de terror.

La pareja de exorcistas son de risa: parecen personajes de telenovela, y, desde el momento de su aparición, en el desarrollo, se sienten irreales, pues tenemos la certeza de que nada malo va a pasarles. Esta pareja de exorcistas guapos, que tienen una hija y tratan de expulsar un demonio de una casa habitada por una numerosa familia con cinco mujeres, solo son el pretexto para crear un terror basado en el efectismo, lo que la hace inverosímil.

La pareja está lejos del padre Karras de El exorcista, que aparece solo, con el pelo cano y un maletín, y el estilo de la película, más lejana aún, de Terence Fisher y Stuart Gordon, cuyo terror es más estructurado.

El conjuro no tiene chiste: es un simple programa de televisión, y su autor solo está preocupado porque le quede bien el truco, en lugar de poner imaginación en una trama que hemos visto cientos de veces.

El conjuro (Estados Unidos, 2013), dirigida por James Wan, con Vera Farminga y Patrick Wilson.