La crítica: Centroamérica

Encontrarse con la tica María Bonilla o con Salvador Espinoza, de Nicaragua, o con Jorgelina Cerritos, de El Salvador, en la sede de la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica y escucharlos ...
Conversatorio en Costa Rica.
Conversatorio en Costa Rica. (Especial)

México

En una mesa redonda ("conversatorio", como le llaman y que me parece más bonito) llevada a cabo hace un par de semanas en San José con dramaturgos de Costa Rica, Argentina, El Salvador, Nicaragua y México, quedaba de manifiesto lo poco que se ha avanzado en el conocimiento mutuo de las escrituras de los distintos países que comparten mismo código lingüístico. Y peor aún, la casi nula información que existe en los países teatralmente más fuertes respecto del teatro centroamericano. Porque de Argentina, Chile, Uruguay, Venezuela y Colombia nos llegan textos y de vez en vez puestas en escena. La dramaturgia argentina estuvo de hecho de moda en los escenarios mexicanos algún tiempo. Pero de los países centroamericanos prácticamente nada nos llega y son los grandes desconocidos.

Encontrarse con la tica María Bonilla o con Salvador Espinoza, de Nicaragua, o con Jorgelina Cerritos, de El Salvador, en la sede de la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica y escucharlos hablar de sus realidades sociales y teatrales es profundamente emocionante. La precariedad con la que emprenden su quehacer y que no permite que se estrenen más obras nacionales al año que las que se pueden contar con una mano —si acaso—, da un índice de esas realidades donde, sin embargo, urge el teatro. Del panorama nicaragüense —que entre el desencanto por la revolución sandinista y la necesidad de superar un teatro eminentemente panfletario de al menos dos décadas—, al salvadoreño —con carencias de espacios escénicos brutales: solo una sala en la capital hace temporadas todo el año— o al tico, hay distancias también muy grandes. Y, sin embargo, las cosas se mueven. Jorgelina escribe para adultos pero también para niños (sembrando futuros espectadores) y se ha convertido en una autora con una increíble voz propia que le ha valido los premios internacionales Casa de las Américas, de Cuba, y el de Teatro Latinoamericano George Woodyard de la Universidad de Connecticut por Al otro lado del mar y por Vértigo 824, respectivamente.

Cito a María Bonilla: "La dramaturgia costarricense enfrenta problemas serios. De difusión, de publicación, de producción sobre la escena. Pero está viva, es variada, fuerte, rica, está buscando un sentido de vida para un mundo que dejó de estar hecho a la medida del hombre, una renovación del lenguaje escénico que heredó, un enfoque posible de la compleja problemática que vive nuestro pequeño y a veces risible, a veces angustiante país, (...) tratando de dar responsabilidad e identidad a la mayoría silenciosa en la que nos quieren convertir".