La crítica: Cayetano Brulé

 “Bahía de los misterios” es la nueva novela de Roberto Ampuero en donde la investigación de un asesinato apunta de inmediato al narco mexicano.
Roberto Ampuero, Bahía de los misterios, Plaza y Janés, México, 2013, 340 pp.
Roberto Ampuero, Bahía de los misterios, Plaza y Janés, México, 2013, 340 pp. (Especial)

México

Tras leer la nueva novela del chileno Roberto Ampuero (1953), Bahía de los misterios, cualquiera podría concluir que en la búsqueda del poder nadie queda libre de culpa.

Este episodio del investigador Cayetano Brulé resuelve un evento criminalístico cuyas características apuntan de inmediato al narco mexicano. Quiénes si no Los Zetas, La Familia michoacana o el cártel de Sinaloa son los responsables de la muerte del profesor estadunidense Joseph Pembroke, cuya cabeza rueda “dejando una estela de sangre” sobre la escalera del cerro de Concepción, en el puerto de Valparaíso.

Lo sanguinario del hecho, que demanda ser esclarecido por su viuda, llevará a Brulé a distintos puntos del planeta, reducido y sin fronteras, “al menos para el crimen organizado”. La escala mexicana, obligada en tanto los supuestos básicos del investigador, será la más espeluznante con la serie de “ejecutados en plazas públicas, bares y casinos, ahorcados que colgaban de postes de luz o pasos a desnivel, bolsas de plástico con cuerpos cercenados, cabezas humanas confundidas en basurales”.

Inmerso en las pesquisas, Brulé volteará su mirada a otros poderes y discordias, las del mundo académico y universitario, con sus ínfimas cuotas de poder. “La oficina
con mejor vista, la más distante del ascensor o la más silenciosa, pasajes en clase económica y viáticos para congresos y simposios, o espacio para publicar en revistas académicas”, por increíble que nos parezca a los no instruidos en el terreno.

Será al adentrarse en estos laberintos, y a la par que suceden otras dos muertes, que Brulé incorporará a su búsqueda la atractiva pista de relacionar los crímenes con cierta alteración de la historia documentada que tiene como fin “desprestigiar la figura de Cristóbal Colón y negar el rol protagónico y civilizatorio de España en el encuentro de ambos mundos”.

Aunque no siempre verosímiles, los viajes e indagaciones de Brulé (Templo Mayor, Chicago, Dublín, Pyongyang) darán con el fondo de los sucesos: la existencia de unos códices mayas (“documentos paganos, frutos del demonio y la idolatría”) que narran la presencia del hombre americano en la vieja Europa antes del arribo de Colón a lo que se nombraría Islas Bahamas, el 12 de octubre de 1492.

Algo cansado, Brulé concluirá este nuevo viaje que también descubre la mezquindad que generan los deseos de poder, con la independencia guardada de sus alcances.