La crítica: Aprender a vivir con dolor

John Morgan, inglés que heredó dinero, propiedades y títulos de nobleza, está aburrido de cazar faisanes en Inglaterra; viaja a Estados Unidos con la idea de encontrar aves diferentes.
Otra visión de la aventura.
Otra visión de la aventura. (Especial)

México

La credibilidad del western proviene —dice Georges-Albert Astre en su libro El universo del western— del conocimiento que el cineasta tiene de la realidad de las tribus originarias; así lo atestiguan el afán de documentación de John Ford y Delmer Daves, y su autenticidad procede de la presencia estable, material y moral de lo que queda del indio en Estados Unidos.

Con esa idea de documentar y darle presencia a un puñado de sioux que viven en Dakota, Elliot Silverstein realizó en 1970 un filme emocionante, con una premisa fuera de serie: Un hombre llamado caballo. Sirvan estas líneas para homenajear a un cineasta que hoy tiene la friolera de 87 años.

John Morgan, inglés que heredó dinero, propiedades y títulos de nobleza, está aburrido de cazar faisanes en Inglaterra; viaja a Estados Unidos con la idea de encontrar aves diferentes.

Pero aparecen los sioux en un momento de relajamiento y asesinan a la comitiva; lo hacen prisionero y lo tratan como si fuera un caballo. En el desarrollo vemos la descripción detallada de cómo John sobrevive al darse cuenta de su condición de animal; aunque intenta establecer un razonamiento, nadie lo entiende.

El autor logra involucrarnos en una visión diferente de la clásica aventura norteamericana. En ese momento, la necesidad dramática exige la inserción de un personaje pivote que permita que la narración avance: aparece Batise, un falso piel roja de ojos azules que habla francés e inglés y se hace pasar por loco. Lleva prisionero cinco años, renguea porque trató de escapar y le cortaron las articulaciones de una pierna.

John, aconsejado por Batise, aprende a trabajar, a pelear, a matar inclusive; los acontecimientos establecen el paso del tiempo: la tribu acepta a John y tiene la oportunidad de casarse, pero el futuro cuñado dice que primero tiene que someterse al "juramento al sol" para demostrar su valentía.

Lo que sigue es un trabajo de realización y producción impecable: se logra una visión documental pero muy intensa de una tribu que raya en el salvajismo; el "juramento al sol" se desarrolla en una atmósfera en la que sentimos el dolor en la piel: nos tiene en ascuas.

El clímax muestra cómo los acontecimientos se relacionan en causa y efecto para mantener el suspenso con una premisa latente en personajes principales y secundarios: debemos aprender a vivir con dolor físico y emocional, porque eso transforma.

Un hombre llamado caballo, uno de los westerns más singulares del género. No es difícil conseguirlo.

Un hombre llamado caballo (Estados Unidos, 1970), dirigida por Elliot Silverstein, con Richard Harris y Dame Judith Anderson.