“Estamos en una crisis profunda”: Francisco Toledo

En entrevista con MILENIO, el artista plástico dice de su faceta como luchador social: “Claro que sí me canso, me aburro y también me dan ganas de darme topes contra la pared”.

Oaxaca

Francisco Toledo se busca en los bolsillos, saca sus llaves y entre billetes y monedas alcanza a juntar casi mil pesos para pagar la reparación de una flauta de uno de los tantos niños que apoya de una banda oaxaqueña.

MILENIO observa de manera fortuita la acción altruista de este hombre que camina aprisa, al que se le ve por toda la ciudad de Oaxaca con la mirada aparentemente dispersa, huraño, retraído, ensimismado, que huye de las cámaras y de los periodistas que lo buscan porque la sociedad oaxaqueña lo ve como su héroe, como el activista social que siempre da la lucha por la defensa del patrimonio, de la ecología y de la cultura como identidad.

A uno de los artistas mexicano más importantes de México no le gustan la etiquetas. Él está en Oaxaca con su gente, mientras desarrolla sus proyectos culturales; solo de vez en cuando se toma un tiempo para reír, jugar y hasta boxear.
 Él prefiere la discreción. Toledo se sienta en su silla en la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), toma un café y reflexiona.
 Dice que se siente ajeno a la vida cultural de la Ciudad de México, que solo viaja para someterse a revisiones médicas. A pesar de haber nacido en el Distrito Federal, se asume juchiteco porque de Oaxaca son sus raíces.
 Confiesa que por momentos se siente decepcionado de luchar, sin éxito, a favor de los derechos sociales, políticos y culturales de los oaxaqueños y de los mexicanos.

De ahí que se pregunte: ¿México podrá de salir de la crisis que se vive a todos los niveles? Pero no encuentra respuesta.

“Todos sabemos que este país está en una crisis profunda: hay mucha violencia, desaparecidos, asesinatos, secuestros, una economía en bancarrota. La credibilidad en las instituciones se ha perdido, estamos en una crisis muy fuerte. No sé si se podrá salir de esto”, comenta Toledo.

“Los políticos no nos van a sacar de esta crisis, nos van a hundir más, pero ¿quién podría hacerlo? Se habla mucho de que la sociedad civil puede hacer muchas cosas, siempre y cuando nos organicemos, pero tampoco veo organizaciones civiles que tengan fuerza para ser escuchadas. La Iglesia tiene una voz para demandar, pero siento que a veces es muy tibia, ¡que no me oiga el arzobispo!”, y lanza una sonrisa pícara.

¿Es buena idea boicotear las elecciones para exhibir a los políticos, como proponen?

No tengo credencial de elector; estuve a punto de ir a sacarla pero con la finalidad de destruirla, quería planear un acto donde pudiera quemarla. Pero no sé si te metan a la cárcel por destruir ese documento (risas).

“Pensé en eso, como una forma de expresar mi inconformidad, pero no creo en los políticos ni en sus supuestos procesos democráticos. No saqué la credencial de elector porque había unas colas inmensas”.

Se es de donde uno quiere ser: usted nació en la Ciudad de México, pero por sus raíces se asume juchiteco.

Mi familia viene de Juchitán, así que, aunque haya nacido en la Tabacalera, no tengo ninguna relación con esa colonia. No sé a cuántos días o meses de nacido nos regresamos a Juchitán, y nunca supe por qué fui a nacer allá, ya que incluso mi padre no estaba con nosotros. Así que el haber nacido en la Ciudad de México fue un accidente, y nunca he sentido nostalgia por la colonia Tabacalera.

¿No le gusta el Distrito Federal? ¿Por qué casi nunca se le ve por allá?

En la Ciudad de México hay muchas cosas que hacer, por ejemplo, comprar libros, discos y películas, pero yo voy de entrada por salida a ver a los médicos. Eso es lo que me lleva continuamente: voy a visitar al cardiólogo, al urólogo, al oftalmólogo, a los que tengo que consultar periódicamente. No me queda mucho tiempo, ni ánimo para quedarme por allá. Casi todos mis compañeros de generación se están muriendo, por eso casi no acudo a reuniones o exposiciones. Me siento un poco ajeno a la vida cultural de la Ciudad de México.

Su papá apoyó al movimiento ferrocarrilero, ¿de ahí nace su espíritu de solidaridad y de lucha social?

De cierto modo sí, fue el ejemplo que tuve de alguien que se interesó en ayudar a los participantes de las huelgas de ferrocarrileros encabezadas por Demetrio Vallejo, quien era del Istmo de Tehuantepec. Mi papá ayudó a sus amigos que huían del lado oaxaqueño y se refugiaban en Veracruz. Él les llevaba de comer y también las cartas de las esposas, y era muy buen amigo.

“Pero creo que más que eso, fueron las pláticas en la mesa, en la casa. Mi padre perteneció a dos familias de Juchitán que eran enemigas, que vivieron un conflicto en 1910: la rebelión contra el gobierno, con la idea de independizarse de Oaxaca y crear un estado independiente”.

PÓNGASE A PINTAR

Si lo viera el pintor Rufino Tamayo, ¿qué se imagina que le diría, luego de que usted hizo caso omiso a sus palabras a sus consejos?

No sé por qué me lo recuerda (risas). Tamayo me diría lo mismo que en aquel entonces: “Usted póngase a pintar, déjese de andar por ahí”. Eso me recomendaba cuando yo le hablaba con entusiasmo de las artesanías de Oaxaca, y de que había estado trabajando con textiles y con los artesanos. Entonces él sabiamente me decía: “Mire, eso no es para usted: usted es pintor, dedíquese a pintar y salga de Oaxaca. ¡Váyase a una gran ciudad para que lo conozcan, para que exponga y aprenda más!”.

“Pero no le hice caso y véame aquí, amarrado a Oaxaca. Creo que mejor le hubiese hecho caso...”.

¿Le pesa haber hecho a un lado su carrera artística a nivel internacional, por dedicarse a la obra social y cultural que, como dirían los economistas, no le reditúa ninguna ganancia?

Puedo decir que yo fui muy conflictivo con las galerías cuando estuve en Europa y en Estados Unidos. Nunca me llevé con las galerías, siempre luché por mis derechos, para no ser explotado. Entonces, por ese lado me da igual. Pero lo que me hace falta es viajar al extranjero para ver exposiciones, visitar museos y recorrer lugares donde estuve hace 50 años. Aunque ya casi no viajo y no tengo planeado salir.

Su defensa del patrimonio cultural ha sido muy ardua; sin embargo, usted ha dicho que el Centro Histórico se ha convertido en una ciudad que expulsa a sus habitantes. ¿Hacia dónde va su defensa?

Eso se da en todo el mundo: en Venecia casi no vive la gente, ya que sus habitantes dejaron hace mucho tiempo de vivir en esa ciudad y se cambiaron hacia donde fuera menos complicada su vida ante tanto turista que transita por sus calles. Oaxaca para allá va, porque es un fenómeno mundial. No sabría qué hacer para que la gente volviera a habitar la ciudad: los espacios son muy caros, por lo que la gente que tiene una casa colonial en el centro, prefiere alquilarla.

Como luchador social y promotor cultural, ¿no se cansa de ir contra la corriente?

Claro que sí me canso, me aburro y también me dan ganas de darme topes contra la pared, a pesar de las escaramuzas que damos como Patronato Pro Defensa del Patrimonio Cultural y Natural de Oaxaca (Pro-Oax). Yo soy parte de esa agrupación en la que he estado peleando por el patrimonio. A pesar de nuestras acciones, muchas veces no hemos logrado nada, y eso es cansado, deprimente, triste.

¿Las galerías y los críticos pueden impulsar o sepultar a un artista?

Creo que siempre lo han hecho: su labor es definitiva para que un artista empiece a popularizarse o a vender, y eso no es nada nuevo. Un crítico como Luis Cardoza y Aragón, o el mismo Octavio Paz, quienes escribían de arte, impulsaban a los artistas. Si escribían sobre ti, eso era una muy buena carta de presentación.

A pesar de la relación que tuvo en Europa con Octavio Paz, él nunca escribió sobre Francisco Toledo, aunque le tenía una gran aprecio y valoraba su obra.

Yo conocí a Octavio Paz en los sesenta en París; después él se fue a la India y nunca más lo volví a ver, jamás coincidimos ni en México, ni en París.

“Nosotros tuvimos la revista de artes gráficas, Alcaraván, que hacíamos en el IAGO, y como Paz había escrito sobre un grabador francés que nosotros queríamos publicar, le llamé para pedirle permiso y reproducir su texto. Entonces me dijo: ‘¡Claro que sí! Mándeme su revista, tengo curiosidad por lo que hace”, y fue cuando le platiqué algunas cosas que me habían pasado en todo el tiempo que no nos habíamos visto. Su respuesta fue: ‘Nunca es tarde’. Pero ya no volví a verlo porque murió”.

¿Qué opina de que en las casas de subastas a nivel internacional, aseguren que Toledo es el artista vivo más importante de México?

No sé en qué se basan para decir eso. Yo creo que hay más artistas. Me parece un poco ocioso decir el más, el menos, el mediano.

¿Ve a algún artista como un sucesor? ¿Acaso dentro de la escuela oaxaqueña de pintura?

Lo peor que les puede pasar a los jóvenes es tener un modelo que sea tan fuerte o tan apabullante que lo sigan o lo copien. Espero que no haya seguidores, o que se acaben. Es mejor que busquen en otra cosa. Iba a decir “ya basta de sandías”, pero yo no pinto sandías. Entonces, ya basta de chapulines, sapos y toda esta fauna que ha sido nefasta para la pintura (risas).

Su trabajo se ha caracterizado por la búsqueda continua. ¿En qué está trabajando?

Mmm... He hecho un poquito de todo: he trabajado con textiles, con cerámica, con carteles, con joyería y con el diseño de pisos. El vidrio me gusta mucho: en San Pablo, en el convento, donde está la Fundación Harp, hay una ventana que tiene unos barrotes de vidrio macizo, que es lo último que he hecho. Me gusta mucho trabajar con este material, que es muy difícil y muy caro, pero vamos a seguir con eso.

“En Naucalpan, en el Estado de México, hay un taller donde me han invitado a trabajar, tal vez acuda el próximo mes”.

¿Qué se puede encontrar de Toledo en sus autorretratos?

No sé qué haya; yo diría que hay olores, formas y texturas. Eso es lo que hay en un autorretrato, que en realidad es un pretexto para hacer un cuadro. No creo que se vea ahí reflejadas ni mi alma ni mi espíritu.

¿Hacia dónde deben ir los museos y los centros culturales, después de la experiencia que ha tenido con los espacios que usted ha creado e impulsado?

Creo que deben ir mucho hacia los niños y los jóvenes. Sería muy importante que hubiera proyectos en los que todas las escuelas tuvieran actividades dentro de los museos. En Oaxaca los museos se han quedado en la ciudad y hay regiones que no tienen nada, por lo que sería bueno que estos recintos crecieran hacia las comunidades, salieran a las regiones bilingües y hacer actividades para que las lenguas no se pierdan. Esa sería una forma de afianzar y preservar esta herencia indígena tan importante en Oaxaca. Hacia allá tendrían que ir no solo los museos, sino todas las actividades culturales.

¿Tiene alguna exposición en puerta para festejar sus 75 años de edad, que cumplirá en julio?

No. Yo quería hacer una serie de cuadros sobre unos temas, pero no he podido hacer nada. Tal vez lo más próximo sería completar una serie, si tuviera una producción grande de vidrio.

“Ni qué celebrar, todo va para abajo ¡ah! Estoy aquí, en Oaxaca, donde me vine a refugiar como los elefantes viejos que se van a morir a un cementerio que ya tienen escogido. Igual yo: aquí me quedo, aquí estudié, aquí he vivido y estoy muy ligado a esta ciudad”, finaliza.

Es sabido que pocas veces Toledo permite que alguien invada su intimidad, pero como un regalo de los dioses zapotecos, al final de la entrevista con este diario, se puso a trabajar, a dar los últimos detalles a la nueva reja con alacranes que diseñó para el IAGO, a unas horas de desprenderse de este recinto cultural, el cual donará el próximo martes al Instituto Nacional de Bellas Artes.