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Miércoles , 19.09.2018 / 10:14 Hoy

Cría cuervos

Sólo el (neo)liberalismo, apoyado firmemente en la dupla votante-consumidor, ofrece una alternativa viable para la organización de las sociedades contemporáneas.

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Para Juan Cárdenas, con mucho cariño

En estos tiempos de neopositivismo de mercado, en los que el sueño húmedo de la burocracia estatal-corporativa que nos rige sería por fin poder cuantificarlo todo, y que cada individuo estuviera clasificado y remunerado según su contribución específica para el valor monetario de la sociedad, hablar de ideologías o de filosofía política suena un tanto demodé. En cambio, los pensadores (neo)liberales llevan décadas repitiendo hasta el cansancio, tanto desde las universidades de élite, como desde los puestos de los organismos financieros internacionales, como desde los periódicos y revistas culturales alineadas a esta corriente de pensamiento, que la ideología suprema es la que proclamó el fin de las ideologías, y que sólo el (neo)liberalismo, apoyado firmemente en la dupla votante-consumidor, ofrece una alternativa viable para la organización de las sociedades contemporáneas.

Por su parte, la realidad no se cansa de refutar estos dogmas, escupiendo sin cesar fenómenos violentos, movimientos políticos extremos, terrorismo, refugiados, hambrunas, guerras y demás calamidades que, por más que los (neo)liberales continúen recetándonos más de lo mismo, nadie con un poco de capacidad crítica puede negar que se encuentran asociadas a las insultantes desigualdades que el actual modelo ha creado, no sólo entre distintos países, sino ahora incluso al interior de los propios países desarrollados.

Por ello, no sorprende que frente a los recientes torbellinos ocasionados por procedimientos estrictamente democráticos (el brexit, el no a la paz en Colombia, el avance de Donald Trump), el razonamiento imperante por parte de la intelligentsia (neo)liberal sea culpar a la estupidez o ignorancia de los votantes, que en realidad no saben lo que es bueno como, por supuesto, sí lo saben todos los líderes de opinión que llevan una existencia sumamente cómoda a partir de dictarle a esa masa ignorante aquello que debe de pensar. Sin embargo, lejos de ser estúpidos, los ciudadanos que han votado a favor de estos fenómenos simplemente son congruentes con el tipo de individuo que la propia doctrina imperante se ha encargado de cultivar: un sujeto egoísta, que actúa y decide simplemente a partir de sus propios intereses, sin tomar en cuenta ningún tipo de vínculo social, ni mucho menos esos conceptos tan anticuados como la solidaridad o la empatía con el otro. En todos los casos, las mayorías que parecen atentar contra el bien común se componen de individuos a quienes el bien común les viene valiendo madres, pues prima la xenofobia, la venganza, el rencor y la demonización de los diferentes, con lo cual se crean auténticos movimientos donde se da cauce sin tapujos a ideas y emociones que tan sólo hace unas pocas décadas hubieran parecido absolutamente execrables. Quizá sea un buen momento para revisar la idea de que el egoísmo individualista es un buen fulcro sobre el cual edificar un sistema sociopolítico, antes de que las tensiones originen tragedias de mayor magnitud que las que hemos contemplado, aunque siempre ancladas, eso sí, en el triunfo del régimen que pretendió proclamarse hace no mucho como el fin de la historia.

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