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Martes , 11.12.2018 / 04:01 Hoy

Cosas de niños: La venganza de los clásicos infantiles

El auge en años recientes de nuevos autores y libros para niños y adolescentes no debe hacernos relegar injustamente a los clásicos del género


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Algo pasa con los clásicos literarios para niños y adolescentes. Durante mucho, muchísimo tiempo, fueron casi la única alternativa para los lectores más jóvenes, porque, aunque existían libros expresamente pensados para ese público, no eran suficientes para sostener un hábito constante, por lo que las otras alternativas eran:

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a) no leer en lo que se conseguía otro libro parecido (pésima opción para un adicto a la lectura);b) releer por enésima vez los libros de la escuela (que muchos hacían de todos modos, y de todos modos no era suficiente); o c) agenciarse libros “para adultos”, que eran los que tuvieran menos situaciones “duras”, o, simplemente, los que estuvieran más a la mano.

Así que muchos jóvenes lectores apasionados pasaron por las páginas de Julio Verne y su vasta colección de aventuras en tierra, mar o aire (mi favorito era Los hijos del Capitán Grant, pero el primero que leí fue Veinte mil leguas de viaje submarino), Louise May Alcott y sus Mujercitas; Edgar Allan Poe y sus Narraciones extraordinarias, hasta llegar, en épocas más o menos recientes (pero todavía del siglo pasado), a José Agustín con De perfil o José Emilio Pacheco y Las batallas en el desierto.

[OBJECT]Algunos eran libros que sí habían sido escritos para niños, niñas o adolescentes de la época de los autores, mientras que otros habían sido dirigidos primero a un “todo público” (algunos, incluso, porque los conceptos que hoy tenemos de “infancia” y “adolescencia” aún no habían sido acuñados o no significaban lo que hoy entendemos por ellos) y que por alguna razón, con el paso del tiempo, habían sido eliminados del canon de lo que debe leer un “adulto respetable”.

Y de pronto empezó el actual boom de la literatura infantil y juvenil y se elevó hasta el cielo la oferta de libros escritos por contemporáneos a los lectores, con temas tan variados y maneras tan diversas de abordarlos que muchos empezaron a ver con malos ojos a los clásicos: son viejos y aburridos, decían algunos; cosas que solo lees si te obligan, agregaba alguien más.

Y hubo quienes llegaron al extremo de desconfiar de cualquier autor que no hubiera nacido en los últimos 30 años en un país de habla inglesa porque cualquier otro perfil les parecía anticuado.

Y eso es un error. Porque los clásicos son clásicos no porque alguna maestra malgeniuda los haya puesto en la lista de obligaciones de sus pobres alumnitos, sino porque cada generación de lectores que se anima a abrir sus páginas vuelve a encontrarse con algo que le habla personalmente.

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Porque si hacemos a un lado nuestros prejuicios y vemos un poco más allá de lo superficial (la ropa, la forma de hablar, la presencia o ausencia de gadgets), lo que hace clásico a un libro es que tienda un puente entre las inquietudes del autor con las del lector. Universalidad, le dicen.

[OBJECT]Además, los clásicos escritos hace cosa de cien años (o más) tienen una ventaja interesante: como ya son del dominio público, existen muchas ediciones de cada uno. Eso sí: ante tantas opciones de un mismo libro, podríamos sentirnos perdidos: podemos encontrar desde las ediciones más modestas y utilitarias (¡y económicas!) hasta ediciones de lujo (pasta dura, láminas a color de ilustradores actuales, nuevas traducciones y notas al pie) para bibliófilos y coleccionistas.

¿Cómo elegir “la mejor”? Ahí va a depender de las necesidades e intereses de cada quien: si es para un lector ávido de esos que se echan tres o cuatro libros al mes (o a la semana), sugiero una edición económica.

Si es un libro al que se va a regresar muchas veces, que se va a atesorar, se puede optar por una más lujosa. De hecho, se pueden combinar ambas opciones: primero la edición económica, y si la historia le gusta tanto al lector como para querer volver una y otra vez a ella, invertir en el upgrade.


Presentación de la nueva edición del FCE de Alicia en el país de las maravillas, traducida por Ignacio Padilla e IxNic Iruegas y con ilustraciones de Rébecca Dautremer (Festival Internacional Cervantino)

Mis recomendaciones básicas serían:

—Evitar las versiones expurgadas o resumidas, pues a veces, en aras de la brevedad, sacrifican la belleza original del libro o deforman la trama.

—Si hay varias traducciones del libro que queremos, sugiero optar por una traducción cercana a la versión local del idioma —por ejemplo, la edición de 2015 de Alicia en el país de las maravillas del Fondo de Cultura Económica tiene una magnífica traducción al español de México realizada por Ignacio Padilla e IxNic Iruegas.

—Dar una oportunidad a las versiones de nuevos autores: nuevas ilustraciones de un clásico pueden generar nuevo interés, como pasa con la reciente edición de Peter Pan con imágenes de Juan Gedovious; y en el caso de clásicos basados en historias orales o muy antiguas (leyendas de pueblos ancestrales, mitos de culturas extintas, etcétera) pueden inyectar nuevo vigor, como pasa en El bailarín del sol y otros cuentos mayas, de Judy Goldman.

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—Sobre todo, demos una oportunidad a los clásicos. Que regresen a vengarse del olvido y el desprecio. Porque ¿saben cómo lo harán?: poblando nuestra mente de sorpresa y maravilla.

AG

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