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Cosas de niños: La ciencia en nuestras vidas

La FIL también es Ciencia es un espacio en el que divulgadores y escritores dialogan acerca de la ciencia ficción desde puntos de vista literarios y científicos.

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Algunos se quejan y otros lo aplauden: la FIL tiene muchísimas actividades (presentaciones editoriales, charlas, coloquios) que no tienen que ver con la literatura. Yo soy de las que aplauden: creo que esta diversidad enriquece la feria y permite que se establezcan nuevas conexiones entre disciplinas, temas, autores y lectores. Por ejemplo, me encanta que exista el programa La FIL también es Ciencia, en el que ha habido ciclos como el de Ciencia Ficción Ciencia, promovido por el Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, en el que divulgadores y escritores dialogan acerca de la ciencia ficción desde puntos de vista literarios y científicos; o charlas como "Las matemáticas y otras ciencias en la literatura", en la que participaron los escritores Luis Felipe Lomelí (México), Guillermo Martínez (Argentina) y Leonardo Sanhueza (Chile), o "Descubriendo el cerebro", en la que participó el neurocientífico argentino Facundo Manes, quien además es coautor, al lado de la neuropsicóloga María Roca, de un libro que me interesó muchísimo: Descubriendo el cerebro. Neurociencia para chicos (y grandes). De entrada, uno podría suponer que la neurociencia es un tema demasiado complejo para un lector infantil; pero este libro, lleno de juegos y experimentos, y con un diseño juguetón y atractivo, demuestra lo contrario.

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Y es que, si lo pensamos, es muy común que niños y niñas de entre siete y doce años se interesen en las ciencias: desde el que se sabe todos los nombres de todos los dinosaurios hasta la que ama con pasión las constelaciones, pasando por los que están pendientes de los avances en robótica, las que saben todo de clones, los que siguen con atención la evolución de un hormiguero en un terrario... Pero entonces, ¿en qué momento de la vida se pierde ese interés o caemos en la idea de que la ciencia solo la comprende una pequeña élite de individuos medio locos siempre de bata y cabello revuelto, siempre hombres?

Le pregunté al respecto a Arturo Vallejo, novelista y divulgador de la ciencia, que vino a la FIL a presentar su ensayo para adolescentes sobre avances científicos para detener o revertir la muerte: Te vas a morir (del que les hablé aquí mismo hace un par de días). Arturo es lo que solemos llamar un geek: un fan entusiasta de la ciencia y la relación de ésta con la cultura pop. Y parte de su entusiasmo consiste, precisamente, en contagiar el interés por la ciencia a otros, sin importar su edad. "¿Cuándo desaparece el interés en la ciencia? Cuando deja de parecernos divertida", me dice. "Suele pasar en la adolescencia, cuando la única forma de convivir con ella es por obligación, en la escuela". Al parecer, los divulgadores se preocupan mucho por los más pequeños y hay una gran variedad de opciones para ellos: programas de TV, museos, libros como El libro de las cochinadas, de Julieta Fierro y Juan Tonda; Arañas, pesadillas y lagañas (y otras misiones para niñonautas) de Kirén y Maia Miret; o La oveja eléctrica, de José Gordon (con ilustraciones de Micro). Pero hay muchas menos opciones para adolescentes, no se diga para adultos.

Así, se va construyendo la idea de que la ciencia es algo abstracto, que nunca tendrá uso en la vida cotidiana, y que solo los muy clavados van a poder entender. Ante eso, Arturo Vallejo es muy enfático: "No tendríamos que preguntarnos si la ciencia es importante o útil para la vida cotidiana. Se trata de que es bonita, divertida. Enriquece tu visión del mundo. Te invita a ver las cosas de siempre desde nuevos ángulos, a conectar elementos que no habías relacionado antes. Es como la música. Hace mejor tu vida aunque no te dediques profesionalmente a ella. Basta con que sea un elemento de tu cotidianidad. Y no se trata nada más de la divulgación de la ciencia, también es bueno que se sepa más de quienes la hacen. Por ejemplo, que no es un campo exclusivo de los hombres: hay muchas mujeres contribuyendo, innovando, aportando". Hablando de eso, libros como Mujeres de ciencia. 50 pioneras intrépidas que cambiaron el mundo, escrito e ilustrado pro Rachel Ignotofsky, puede ser muy inspirador para el público adolescente, particularmente para las chicas que son bombardeadas con la falsa idea de que la ciencia no es para ellas.

Por eso, celebremos que la FIL tenga ciencia. Y confiemos en que más editoriales se animen a hacer libros ingeniosos, gratos y divertidos para adolescentes y, ¿por qué no?, para adultos. Para que la ciencia nunca deje de ser parte de nuestras vidas.


RSE

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