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Cosas de niños: dejarnos sorprender

¿Por qué no darnos la oportunidad de explorar la FIL, darle un par de vueltas sin ningún objetivo fijo, solo para ver qué nos sale al paso?

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Cada vez que abro un navegador en mi computadora o que me asomo a Facebook, me encuentro con anuncios de productos que, supuestamente, debería comprar. Y cada vez me maravillo (y me espanto un poco) de lo bien elegidos que están esos anuncios: generalmente son cosas que efectivamente se me antojan o que de pronto creo necesitar. Y pasa con todo, lo mismo con zapatos y chamarras que con libros. O quizá es peor con los libros. Las librerías por Internet me acosan con listas que comienzan con “porque leíste X cosa” y que siguen con cinco o diez títulos que me arrancan exclamaciones como “¡Claro!”, “Wow, qué bien, lo quiero” y, muy rara vez, “Ah, ya lo tengo”.

Puede sonar muy bien, sobre todo cuando uno no tiene mucha idea de qué hay de nuevo en un medio tan activo como la literatura infantil y juvenil, pero en realidad trae consigo un efecto colateral bastante desagradable: dado que todas esas nuevas recomendaciones se basan directamente en lo que nos ha gustado antes, en vez de expandir nuestros horizontes los vuelven repetitivos y, a la larga, nos aburrimos.

Supe, por ejemplo, de un lector que había empezado de niño con los libros de Harry Potter. Todo mundo estaba sorprendidísimo de lo buen lector (apasionado, veloz, sin miedo a los libros gordos) que era. Cuando terminaba un libro de Rowling, mientras esperaba el siguiente, leía otras novelas sobre niños magos que, en esa época, abundaban. Pero después del séptimo tomo de las aventuras de Harry, dejó de leer. Decía que todos los libros le parecían repetitivos, pero nunca intentó leer algo que no tuviera que ver con escuelas de hechicería.

Esto mismo le pasa a fans de los zombis, los vampiros guapos que brillan, la ciencia ficción o la novela histórica: no tiene tanto que ver con los géneros sino con la sensación de estar dando vueltas en círculo en un bosque cuyo paisaje dejó de ser sorprendente hace varios kilómetros.

Justamente por eso soy una entusiasta absoluta de las ferias de libros: no es el hecho de poder conseguir títulos que habitualmente no están en nuestra librería local; sino la posibilidad de encontrar nuevos paisajes, rutas distintas, descubrimientos que no habrían llegado a nosotros solo por el algoritmo de los anuncios de Internet.

Esto es particularmente cierto en el caso de la FIL, específicamente en lo relacionado con los lectores más jóvenes, ya que los programas dirigidos a niños, niñas y adolescentes cada año son más completos, diversos e interesantes. Por una parte, el área destinada a la literatura infantil y juvenil es una chulada desde la decoración; y, por otra, complementa los stands de libros y las presentaciones editoriales con actividades lúdicas y artísticas de primer nivel. Así, quien se tome un rato para vagabundear por sus pasillos, meterse a una charla que le salga al paso o sentarse a escuchar a un músico o cuentacuentos, muy probablemente va a encontrar algo que llame su atención, incluso si no se trata del tema que, hasta ese momento, consideraba su favorito.

Sí, esto aplica a los niños y niñas que van con sus papás y un presupuesto limitado; pero también a los y las adolescentes que acuden en una excursión escolar sin la intención (o el recurso económico) de comprar nada: a lo mejor salen con las manos vacías pero con la mente llena de inquietudes. ¿Cómo sabemos que no será alguno de los títulos que recién vieron lo próximo que busquen en Google lo siguiente que pidan como regalo de cumpleaños?

También, por cierto, esto aplica a los adultos, que a fin de cuentas suelen ser quienes deciden qué libros leen los niños y niñas: maestros que hacen listas de lecturas obligatorias u optativas; bibliotecarios que harán su lista para Santaclós (es decir, para el responsable del presupuesto para adquisiciones); editores, libreros y vendedores que se asoman a estos pasillos para saber qué está en onda y hasta autores en busca de inspiración; y, claro, papás y mamás preocupados por los hábitos de lectura de sus retoños, tíos y abuelas apapachones que quieren regalar algo distinto a un juguete la próxima Navidad, personas un poco más que adultescentes que seguimos disfrutando los libros de la LIJ..., todos podremos encontrar algo que nos maraville si nos damos la oportunidad de dejarnos sorprender.

Porque todos podemos sorprendernos. Esto es totalmente cierto. Los descubrimientos que una no tenía intenciones de realizar, los “accidentes felices”, existen.

Así que ¿por qué no intentarlo? En la FIL, la feria del libro más grande de América Latina, las oportunidades de sorpresa son todavía mayores. ¿Por qué no darnos la oportunidad de explorarla, darle un par de vueltas sin ningún objetivo fijo, solo para ver qué nos sale al paso?

Si se animan a hacerlo en los próximos días, es posible, incluso, que nos encontremos. Yo andaré por la Feria buscando novedades interesantes y también en uno que otro evento; si gustan, nos vemos por acá.


ASS

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