El coreógrafo de lo cotidiano

La anécdota es mínima cuando no inexistente: seis personajes, héroes kunderianos, entran en relación debido a una fiesta banal que uno de ellos, D’Ardelo, un Narciso, dará para festejar su ...
Kundera
(Cortesía)

Ciudad de México

Varias veces en el pasado, Milan Kundera (1929) expresó su deseo de no volver a escribir una novela. La primera vez fue tras la publicación de El vals del adiós en 1972, algo que pocos creyeron de un autor que se ha caracterizado no solo por practicar con solvencia el género sino por teorizarlo constantemente. Sin embargo, tras la publicación de La ignorancia en el 2000, hubo un silencio novelístico de su parte que parecía definitivo.

Trece años más tarde, el anuncio de una nueva novela suya ha causado revuelo en el mundo literario. Fue una noticia mezclada con cierto tufo de escándalo —al menos en Francia— pues de nueva cuenta, pese a que la novela fue escrita en francés, Kundera decidió que se publicara en octubre de 2013 en la editorial milanesa Adelphi, traducida al italiano. Digo de nueva cuenta pues con La ignorancia pasó lo mismo: se publicó primero en España, y solo tres años después, en 2003, apareció en Francia. ¿Ajuste de cuentas con la crítica francesa? ¿Estrategia literario–mercantil? ¿Experimento kunderiano? El autor hasta ahora no lo ha aclarado y, dada su reserva mediática, seguramente nunca la hará.

El pasado 4 de abril, tres días después de su cumpleaños, las librerías francesas exhibían en sus vitrinas La fiesta de la insignificancia, la nueva obra narrativa de este autor que ha seguido los pasos de Beckett, Cioran e Ionesco, en el sentido de abandonar su lengua madre para escribir en francés.

En El arte de la novela Kundera escribe: “Al entrar al cuerpo de la novela, la meditación cambia de esencia. Fuera de la novela, uno se encuentra en el terreno de las afirmaciones, todo el mundo está seguro de la palabra: un político, un filósofo, un conserje. En el territorio de la novela no se afirma, es el territorio del juego y de las hipótesis.” Se trata de la apuesta kunderiana elemental, ratificada en su última obra narrativa. La anécdota es mínima cuando no inexistente: seis personajes, héroes kunderianos, entran en relación debido a una fiesta banal que uno de ellos, D’Ardelo, un Narciso, dará para festejar su aniversario y su posible muerte.

Dividida en siete partes, la novela tiene mucho de teatral y de musical en cuanto a su estructura, géneros preferidos por el autor para comunicar el sentido del concepto que se ha propuesto plantear, en este caso, la insignificancia. El leitmotiv de la obra es claro y es enunciado por Ramon, otro de los personajes: la insignificancia es la esencia de la existencia. Para intentar demostrarlo, Kundera se vale de Quaquelique, personaje cuya virtud es no llamar la atención, ser ínfimo y, pese a ello, conseguir a cuanta mujer desea. Opuesto al Narciso D’Ardelo, le ganará una partida que el otro ni siquiera sabe que está jugando. Ambos personajes son los menos presentes en esta fuga narrativa y los más alegres también, reforzando con ello la jerarquía de esa pregonada insignificancia.

Kundera ha expresado que escogió Francia para vivir, porque es ahí donde mejor se han comprendido sus obras. A decir verdad, algo de Francia ha pasado a su prosa. Esta última obra podría ser vista como una novela no solo francesa, no solo parisiense, sino que puede ser descrita como una novela del barrio de Saint–Germain como es hoy: más esnob que intelectual.

Del Kundera de otros libros hay también una polifonía que es la encargada de hacer avanzar la narrativa, y la que genera una multitemática donde nos enteramos del “sentido del humor” de Stalin; del tragicómico e insignificante Kalinin y su relación con Kaliningrado; del neologismo excusard (alguien que se excusa compulsivamente); y del erotismo del ombligo que define nuestra época. A lo que también vuelve Kundera, y que muchos toman como exceso de libertad, es a entremezclar los registros del novelista con los de los personajes, intromisiones que producen disonancias en el texto, extrañezas, pero que hábilmente introducidas logran reforzar esa atmósfera única que distingue a Milan Kundera como un coreógrafo de lo cotidiano.