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Domingo , 23.09.2018 / 21:10 Hoy

Contra los intelectuales

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Un hecho que no presentaba duda: en 1894, un judío había traicionado al ejército francés, filtrando información secreta al enemigo alemán. Y fue condenado. Luego, por las pruebas fehacientes presentadas por sus abogados, se supo que todo había sido una calumnia y que el capitán Alfred Dreyfus era inocente. El ejército francés y el gobierno tenían a su chivo expiatorio. Cargarle la mano al judío de Alsacia era fácil y se libraban de llevar a cabo una investigación seria en contra del verdadero traidor: un militar de la estirpe de los Esterhazy, hijo de un general condecorado en Crimea y perteneciente a la alta sociedad parisina. Frente al atropello, Voltaire hubiera armado un escándalo, refiriéndose a las pruebas judiciales y, una vez aceptada la evidencia, habría regresado a su casa a escribir alguna maravilla o alguno de sus magníficamente aburridos poemas. Stendhal habría narrado con largeza las divagaciones del alma de Dreyfus mientras era conducido a prisión. Pero es 1894, Victor Hugo había muerto y la novela pertenecía a los naturalistas. Salta Zola, escribe una carta pública (“J’Accuse!”, la tituló el editor) que cunde como una epidemia moral y ahí surge una nueva clase social que ni hacía falta ni produce nada: los intelectuales.

El intelectual es eso que no vive de poner las manos en la masa. Vive de “servir de intermediario entre lo Justo, lo Verdadero, el Bien y el entorno de la Ciudad” —esta declaración es de Bernard-Henri Lévy, que lo dice no solo sin ironía sino con la impudicia de quien cree que la santidad es una pose y, evidentemente, lo cito de mala fe. Porque, además, de la carne de esa enorme virtud salen y se alimentan foras y rizófagos. Una intermediación de esta liza es lo que ha convertido nuestro siglo en un victimódromo.

Pero el caso es que, tras la aparición de esa ubicua defensoría que son los intelectuales, el mal perdió sus recursos literarios y se quedó en algo que le pasa al mundo y no a las personas. A partir de ahí, los poetas comienzan a desvanecerse. De pronto, Nerval, Baudelaire, Rimbaud y Verlaine pasan de ser malditos a ser víctimas; de ser temibles, a ser compadecidos. Difícilmente puedo imaginar algo más triste que aquel sujeto generoso, virtuoso y comprensivo que, ante la auténtica subversión, contesta: “no te preocupes, yo te entiendo y te protejo”.

Rimbaud decidió meter las manos en la masa. Se fue a vender rifles a Abisinia. Pero no logró huir. Hasta allá lo fue a alcanzar el aliento dulzón y venenoso de la redentoría intelectual, y la temporada en el infierno dejó de ser una revelación del mal para convertirse en el desdichado sufrimiento del triste Rimbaud. Pobre, nunca pudo entrar al infierno y, pese al revuelo causado, tal vez solo uno de sus lectores logró atisbar la potencia subversiva de sus poemas: “abrieron una fisura en mi materialismo y me dieron una impresión viva y casi física de lo sobrenatural”. Paul Claudel, el insolente católico que, habiendo sido invitado a una reunión de intelectuales, llega y pregunta: “Señores, ¿para que urgencia están reunidos?”, y los dispersa.

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