Yo también conocí a Óscar Liera

Esta es una afectuosa evocación del integrante del movimiento Nueva Dramaturgia Mexicana, reconocido por la crítica y el público por obras como  El camino rojo a Sabaiba, El jinete de la divina ...

Ciudad de México

—No, Óscar, ya busqué y busqué y no apareces.

—¿Seguro?

—¡Hombre!

—¿Filología II, con Lope?

—Mira: ya vi varias listas en la vitrina: solo aparece un Cabanillas No Sé Qué, Óscar… que ni es Liera ni puedes ser tú porque tronó.

—¡Alberto! Se te olvida que tú eres el niño aplicado del grupo, de la Facultad… Soy yo; luego te explico, y qué mala onda pero era una posibilidad. Ni modo, a ver si a la próxima.


***


En el “luego”, que por supuesto llegó, supe de su pasado de niño viejo, como llama la sabiduría provinciana a los hijos solteros entrados en años y con una vida un poco al margen de todo. Fui sabiendo, y aquí lo declaro, durante nuestro año de convivencia, que vivía varios mundos al mismo tiempo. Fui sabiendo de sus amigos y colegas de teatro (“yo no estudio Letras Dramáticas porque eso es lo mío y ya me lo sé, y lo que no sé puedo prepararme solo; por eso estoy en Letras Hispánicas, que es lo que me falta y quiero completarme para ser un buen teatrero.” —Así respondió a mi obviedad de ¿por qué diablos no te concentras en la carrera de teatro y te dejas de dilemas con la yod cuarta?); de la familia con la que había roto, pues llevaba otra vida que la esperada en Culiacán por un niño bien; de sus vínculos con “adultos” de su oficio donde ya era conocido —querido o rechazado según el bando—; de discretos o sigilosos vínculos y compromisos laborales de los que nunca supe nada y que él callaba con medias palabras. Fui sabiendo, pues, que era un hombre brillante y muy querido por su gente (recuerdo un nombre sonoro, que siempre brillaba, como las chispitas de las íes acentuadas brincando a sus pupilas: “Mi amiga Samira Bringas”); ellos, ustedes, si acaso están leyendo, lo saben, que fueron parte de ese corazón intransigente y, me parece, lleno de sombras. Decidido sin titubeos.

No me quiero inventar una intimidad a capa y espada de alguien ya desaparecido y afortunadamente atendido casi en la medida que sus esfuerzos y obra teatral lo merecen. Pero hoy, esta mañana cualquiera en que he vuelto a México y me veo con cuarenta años, regresa Óscar conmigo —su voz aguda, directa y cálida— y, sin preocuparme de si conmemoramos equis años de su muerte o si es el mes de su nacimiento (¿cuándo naciste, Óscar? Me acuerdo de un chiste que hacías sobre tu santoral) o cifra redondeable cualquiera, lo recuerdo y estoy aquí, yo que también fui amigo de Óscar Liera.

Pero sí que fuimos, nosotros también, en nuestro año de intenso trato en la Facultad y un pilón de meses nada desdeñable más cierta presencia esporádica posterior, fuimos, digo, de capa y espada. Éramos tres; llegados de zonas muy diversas de la clase media. Óscar de su familia culiacanense, renegado y renegante: “me invento mi nombre y seré quien yo me forme, ya que mi familia se escandaliza; soy Liera, éste que conoces; Cabanillas no existe… salvo para reprobar Filología con Lope y cobrar mi sueldito de bibliotecario del Fondo”. Además, Pedro Pablo Martínez, venido de la vieja sangre astur, de familia panadera en la colonia del Valle y metido a letras por su certeza de novelista (qué no sé en qué paró, cuando haciéndonos adultos, Pipo se convirtió en un muy diestro y activo editor profesional). El tercero, yo, alguien seré pero el nombre es lo de menos… como rotulara un querido amigo de aquel autor que leíamos con desconcierto hipnótico, y que yo sabía a mis dos amigos más cercanos a su obediencia nocturna, pero con quien yo llegué a trabar fraterna amistad años después, Juan Vicente Melo, amistad que de alguna forma iba en sintonía con la de Óscar. Pero sigan leyendo, por favor.

A capa y espada, insisto, por nuestras comunes arrogancias. Pedro Pablo y yo ya llevábamos años juntos, cómplices, y de hecho habíamos sido tres, solo que el funcionario Bremer del INBA un día sorprendió a nuestro amigo Octavio Gil Villegas en las Islas de CU y como le extrajo la confesión de que estaba un poco retraído de su joven profesión de pintor (Octavio ya había ganado indiscutiblemente el Premio Aguascalientes) y que se ocultaba estudiando Letras Hispánicas… pues nos lo mandaron sin más ni más a la Academia de Maastricht, para recuperar sus pinceles, paletas y aguarrases. Así que ya desoctaviados, un día de inicio de semestre estaba como infiltrado en nuestro grupo este veterano que adeudaba algunas materias, y nos interceptó de lleno en el aeropuerto de la Facultad, pues ya había empezado a hacernos señales de simpatía. Este Óscar que poca paciencia tenía para las exposiciones morosas de maestros sin chispa y para la medianía de varios o tantos de nuestros compañeros de banca; pues se sabía adelante de su entorno, y no solo por los años que nos llevaba (había vivido en Europa; había vivido) sino porque él era él.

Vio que éramos una mancuerna sólida y nos atajó con palabras directas, abran su club y seamos tres; ¿a quién más tenemos en estos cursos tediosos?, ¿saben de alguien más que esté despierto? (Ay, Óscar, tan desdeñosamente certero.) Y nos lo llevamos a las pláticas interminables en la guarida–biblioteca de la azotea de Pedro Pablo (“sita” en la calle San Lorenzo, con vista a muchachitas preparatorianas o universitarias de no malos muslos y a veces alguna sonrisa ligatoria). Empecé a presenciar todo lo que entre ellos dos podían inyectarse gracias a lecturas, inquietudes muy diversificadas y sed de vida. Óscar nos llevaba diez años, y era nuestro camarada mayor, claro, pero al tú por tú. Yo me sentía más unilateral, sosegado y sin pasiones complementarias. Ése fue nuestro año de hermanos de banca en Letras Hispánicas y nada hacíamos sin contárnoslo y discutirlo con tierna mala leche (estaba de moda ser hiriente, usar las palabras que íbamos leyendo para criticar con acidez).

Por eso estaba en nuestra carrera, y maestros y compañeros reconocíamos su estirpe de animal superior. Yo siempre lo imaginé un poco en línea con Foción el demónico, de Paradiso. Solo ahora lo digo. Una intuición, no una certeza ni juicio contra mi amigo que tanto fue parte mía. Un Foción agudo, sarcástico, intolerante con la mediocridad y de cuyos ríos subterráneos —como dijera su paisana Inés Arredondo— él y sus amigos de obediencia nocturna sabrán. Pues yo fui y él me lo dijo a las claras, un amigo de día y de salón de Letras, de jugo de naranja recién exprimido y de ocasionales pizza con cerveza o vino. De una —una sola— visita a la Catedral de México y decirme cómo se tienen que ver, en qué dirección, con que dinámica, los altares y retablos barrocos; de las puntas infinitas del estilo gótico perdiéndose en el cielo de los cristianos, de obras maestras francesas, italianas y españolas que él ya había gozado de bulto vivo.

Lo que daba suficiente para sentir sus pasiones, su identidad casi de jesuita, diría yo. El modo de discurrir que le recuerdo era sagaz y honesto a un tiempo. Parecía creer en aquello que pretendía imponer al interlocutor. Su forma de escuchar era como su decisión de formarse en Letras Hispánicas: agua a su molino, simiente a su cosecha. Y estaba marcado por el catolicismo; su teatro lo comprueba: con qué fuego abjuraba de la mochería provinciana, de los sofismas teológicos, del brazo armado.

En un siguiente momento lo recuerdo vinculado a dos profesoras que Pedro Pablo y yo estábamos idolatrando por esos años: Laura Trejo y Margo Glantz. Se codeaba con ellas. Acabó el año de nuestras charlas un tanto intransigentes, de subir a la guarida de la calle San Lorenzo; de asistir a algunas lecturas en atril de obras de Óscar (donde habrá dicho “te presento a Samira”); de ver cómo Pipo adquiría el virus del teatro (¿influiste, Óscar?) y debutaba como crítico en las páginas del Semanario deNovedades.

Tercer momento: la tesis de Óscar, los preámbulos de su examen de licenciatura (al fin la yod cuarta en extra–extraordinario). Algún día él y Laura, ya nuestra amiga, me dijeron juntos, bien en plan de amigos, que yo debía ayudar a Óscar para preparar su defensa de tesis; que no tenía problemas, que ya estaba aprobada para presentarse, pero qué tal si el jurado entraba en sutilezas técnicas de punto de vista y narratología, pues era sobre “Técnicas narrativas en las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier” (1982). Me sentí orgulloso, dije ajá, convencido de que él sabría salir adelante muy bien de esos vericuetos sin mi ayuda. Pero un día acabó por suceder, bastante tiempo después. Lo recuerdo: mi única visita a su departamento, creo que por Obrero Mundial y Viaducto, del lado de la colonia Roma. El departamento era ese desorden típico de muchas cajas con libros y ropa, estantes modestos y un poco improvisados. Todo con aire de transitorio: Óscar se iba casi al día siguiente de presentar el examen.

—Me voy a Culiacán a hacer mi teatro allá. Me ayudas con esto del narrador en Fray Servando para que no me agarren en curva, y adiós Alberto.

—Pero Óscar, ya estás abriéndote paso en México; empiezas a poner tus obras… la cosa camina…

Torciendo el cuello me miró con gesto de obvio:

—Por eso. Me voy a formar un grupo en Culiacán; allá no hay nada, o cosas improvisadas, cursis, y solo un par de proyectos universitarios sin permanencia. A ver si la UAS me da chance. En México no hago falta; allá, en mi tierra, que es mi tierra, sí… Mira esta frutita, se llama lichis, viene de allá y es una delicia; no te ofrezco alcohol sino que conozcas los lichis, prueba, saborea.

Fue un día largo, excelente, de leer y releer sus páginas, las de Fray Servando, mi tesis… Estudiamos juntos como tenía que ser: sin orden, interpolando cosas, hablando de todo, hojeando el periódico. Yo me sentía ínfimo preparador técnico. Él ya no estaba ahí.

Ahora que cotejo el título exacto de su tesis veo que el año de nuestra amistad tuvo una inusitada cantidad de meses. Fuimos compañeritos de banca desde 1979, “preparamos” su tesis en el 82. Todo ese tiempo fue la misma conversación. Seguramente, Óscar se la pasó yendo y viniendo entre el país de culichis y el de los chilangos entre ese año y hasta el 86, para sostener su vida, mantener su teatro, seguirse fogueando, conseguir recursos… Hasta que llegó el momento del famoso TATUAS, Taller de Teatro de la Universidad Autónoma de Sinaloa, que fuera su posición más estable en Sinaloa. Del 82 al 86 y en adelante, era una ráfaga que de pronto estaba aquí y ya tomaba de nuevo el autobús nocturno para Culiacán. Multiplicando sus incursiones veloces. Acarreando escenografías portátiles o colegas ambulantes. Yo como que lo acompañaba y lo encaminaba, le daba la bendición y hasta la próxima. Su voz de estilete, su cariño reclamón, con que me honraba: “Ahora sí a ver cuándo te me apareces, no seas flojo. Habrá lichis y amigos y teatro y… bueno, si quieres, adiós.”


***


Pasan los años y mi amistad se vuelve ir recogiendo noticias de Óscar Liera. A veces me sentía su amigo incógnito. Su grupo ya existe. También allá tiene problemas. Es muy bueno, pero demasiado duro con sus muchachos; muy intransigente en política. Como cuando en México fueron los del Muro a golpearle a los actores de Cúcara y Mácara por profanaciones guadalupanas con su historia del rebozo santo (“Que nunca fuiste a ver y yo te invitaba e invitaba, y ya ves, me los madreó el Muro y ahora lo único que hay que ver son actores vendados.”… “Pero bien que te sigo la pista: acuérdate que a tu querido Fray Servando también le fue de maravilla con sus inventos guadalupanos.”… “Y a Reinaldo Arenas. ¿Padrísimo, no? ¡Les volteamos el tapete! Bueno, adiós de nuevo, Alberto.”) Momento de decirte, Óscar, que sí, meacuso, para ser afín con el católico que creo que nunca dejaste de llevar en ti. Te acompañé a menos cosas de las que me invitaste. Pude haber estado más en tu trabajo. Un poco más en tu vida, más tiempo en nuestra amistad. Todavía te descuido, pero me pongo las menos coartadas posibles cada que veo una obra tuya en cartelera.

Y de decirte, ahora que abro los ojos para seguirte abrazando, que fuiste no solo uno de mis amigos en la entraña, fuiste quien me señaló el pórtico a algo que sería parte de mi sino: amigos diez años mayores que yo. Poco supe llevarme con colegas y escritores de mi rodada pero pronto, después de nuestras tesis de licenciatura, con esa nalgada iniciática, pronto, desde fines de los ochenta, vinieron varios “clic” de amistad en serio con escritores de la década anterior: Arturo Ramírez Juárez, que era un sol potosino, teatrero y poeta; en su momento Hernán Lara Zavala junto con Joaquín–Armando Chacón, también Francisco Hernández, cuántas cosas compartidas con intimidad… y claro otros dos de esa edad: Severino Salazar, Jorge Aguilar Mora. Tú, Óscar, me descubriste con el ejemplo, que me tocaba ser amigo de algunos de ustedes. Ahora lo sé.

Mis siguientes pasos por el hilo de las amistades con generaciones anteriores aun a la tuya, y dentro de la cultura, fue un recoger huellas de Óscar. Un mi muy querido maestro, lo malquería; los dos guardaban silencio al saberme a media balanza. Más tarde tuve el prodigio de la amistad de Alicia Urreta. Ellos —los Urreta y su tribu hermosa— lo saben: fui de casa, con Alicia y Pilarcita, con Luis y Olguita, que también cantaba boleros.

—¿Tú qué haces aquí que empiezas a aparecer en todos los lados de Alicia y nunca te veo ensayar ni canto ni piano ni actuación? —Me preguntó una tarde Enrique Alonso por el tiempo de sus Dos tandas por un boleto.

—Hacer, hacer, nada. Pero Alicia me dice que venga y que quiere que esté aquí. Eso hago, Enrique: ser amigo de Alicia.

—Lichita: este muchacho ha descubierto la mejor ocupación de todas, y uno aquí trabaje y trabaje contigo haciéndote la tarea: él se basta con ser tu amigo.

Y Alicia en esos diálogos de teatreros independientes:

—Ay, Alberto, esto es como cuando hice la música para tu amigo Óscar, la del Lazarillo; qué padre obra. ¿Sabes que sigue en Culiacán y que su compañía ya es estable? Por eso hay que irse a provincia. No quedarse sentadotes a que nuestros estados mejoren por arte de magia sexenal o porque otros se sacrifican. Y fíjate que te toca Querétaro. Tengo unos amigos allá y como que te mandamos a hacer la editorial.

Tuve que hacerlo, tuve que hacerlo, Enrique: me lo puso Alicia de tarea. Y Óscar rondaba en la magia de los nombres queridos que nunca fueron lo de menos. Otro telefonazo de la maestra Alicia:

—Juan Vicente, va para allá, a tu Xalapa, un amigo mío. Te quiere conocer y entrevistar. Él no es entrevistador sino de letras y editor. Tienes que recibirlo, te conviene, Juan Vicente.

Nos convino muchísimo a los dos. Me salto la historia de Juanvi (como le dicen los jarochos que no los de la Apenas Veracruzana) para llegar a otra amistad: Juan Vicente me puso en las manos de Inés Arredondo (decía yo a mis colegas de generación: “No, fíjense que no he tratado a Francisco Segovia, de quien me he hecho muy amigo es de su mamá.  Nos la pasamos leyendo juntos diccionarios de mitología.”) Y entonces Inés me dice:

—Alberto, vengo del festival cultural de mi tierra. No sabía que tuviéramos tan buen amigo en común. Ven a que platiquemos de Óscar Liera; es un tipazo. Te manda besos, abrazos y todo lo que quieras. Hizo una puesta en escena de un cuento mío y no vieras lo bien que le salió.

Inés ya lo conocía y respetaba. A raíz de ese festival se telefonearon varias veces y mi amistad con Óscar iba en ese hilo telefónico. Sí, Inés: yo también soy amigo de Óscar Liera. ¿Ya te conté de cómo descubrí su nombre civil y de sus penurias con la yod cuarta?, ¿de nuestras tesis muy narratológicas?

—¡Ay, Alberto, me identifico con Óscar! Yo también hice la carrera de Letras, mira: ya me publicaron mi tesis sobre Cuesta: ¿crees que el personaje que me invento se sostenga? Llévate este ejemplar.


***


Siguiente escena, triste, salobre: los pasillos de Gandhi. Ni siquiera recuerdo si me lo platican o si solo paro la oreja en lo que sí me iba, y mucho:

—Pues sí, debemos tomarlo con serenidad; hacernos presentes pero no tanto, ya sabes cómo son estas enfermedades: Óscar está mal.

Óscar querido: desapareciste; hace años que dirijo una tesis sobre algo tuyo, de otro que también te quiere y mucho. Y nos dejaste diciendo:

—Yo también fui amigo de Óscar Liera.

Digo la contraseña, me abrazo con los ojos con esa persona tuya y vuelvo a casa sabiendo que, como todos, tengo cada vez más amigos entre los muertos: Alicia, Inés, Juanvi, Enrique Alonso, tú mismo…