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Lunes , 18.06.2018 / 06:37 Hoy

Conmemoro, conmemoras, conmemora

[Toscanadas]


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David Toscana

Pues sí, se cumplen cuatrocientos años de que murió Cervantes. ¿Y qué? ¿Por eso el 2016 es el año de Cervantes? Habría que celebrar que nació o que luchó como un valiente por su patria o, sobre todo, que escribió como nadie ha escrito. ¿Pero celebrar su muerte? ¿A quién se le ocurre que el momento importante en una vida es cuando el corazón deja de latir, el oxígeno ya no llega a las células y las bacterias comienzan su agasajo?

Dando a la muerte tal importancia hay quien se lamenta de que los huesos de Shakespeare se encuentren bonitamente sepultados en la Iglesia de la Santa Trinidad de Stratford–upon–Avon; mientras que los de Cervantes se hayan echado sin identificar a un hoyo en el Convento de las Trinitarias Descalzas; como si por comparación de esqueletos hubiese más dignidad en Beethoven que en Mozart. En todo caso hay que pasmarse ante el hecho de que los restos de Cervantes se hallen en la calle Lope de Vega y el Museo Lope de Vega se encuentre en la calle Cervantes de Madrid.

El epitafio en la tumba de Shakespeare termina con estas palabras: “Maldito el que mueva mis huesos”. Este no fue el caso de Cervantes, pues sus supuestos huesos han sido reciente e inescrupulosamente objeto de mucho manoseo por parte de forenses e historiadores, sin que al final los especialistas puedan asegurar si el tal fragmento de esqueleto fue del Manco de Lepanto.

En cambio, la advertencia que Cervantes lanzó a los siglos por venir no tenía que ver con su cuerpo mortal sino con su obra inmortal: “¡Tate, tate, folloncicos! De ninguno sea tocada, porque esta empresa buen rey, para mí estaba guardada”. Lo que no había de tocarse era la pluma de Cide Hamete Benengeli, significando que nadie debía tocar el texto de Don Quijote. Mas tal parece que su advertencia careció de una maldición persuasiva, pues gente como Arturo Pérez Reverte y Andrés Trapiello han convertido la obra cumbre de las letras en un Quijote para mentecatos y un Quijote malprosado, respectivamente.

Así pues, en esta conmemoración no valen muertes, ni cadáveres, ni huesos, ni tumbas. El único homenaje para un escritor es acercarse a su obra; y en ese caso tanto Miguel como William salen sobrando, y el verdadero homenaje lo hacemos para nosotros mismos. Leer a Cervantes, leer a Shakespeare es uno de nuestros mejores festejos por haber venido al mundo.

Muchos llevamos una borrachera cervantino–shakespeareana desde el día en que descubrimos a uno y luego al otro. Por eso hoy, como en cualquier fecha, brindo por la vida y las palabras de Cervantes y de Shakespeare. Alzo mi copa y brindo por todos los cervantinos y shakespeareanos con las palabras de Enrique V: We few, we happy few, we band of brothers, pues quienquiera que hoy lea a estos dos dioses de las letras será siempre mi hermano, aunque hoy no sea día de San Crispín ni se cumpla otro aniversario de vida o de muerte o de primera edición ni vayamos a pelear en Lepanto ni vayamos a derramar la sangre en Agincourt.

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