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Sábado , 18.08.2018 / 16:13 Hoy

Conjeturas sobre el fin del mundo

Los paisajes invisibles


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La democracia es el mayor mito del planeta. Democracia no es ejercer el voto para elegir a un grupo o un individuo que dirigirá a un país porque ni el grupo ni el individuo harán valer los intereses colectivos. La democracia tampoco la encarnan los miembros de un congreso ya que solo se defienden a sí mismos y se afanan por lograr sus ambiciones, el mito radica en figurarlos como alter egos de la sociedad. Y luego están los tribunales y las instituciones, herramientas del proyecto diseñado por un pequeño círculo político. La democracia, en su acepción de poder del pueblo, es la falacia más patética que sigue vigente tras décadas de barbarie e ignominia, es un concepto elemental que se administra por dos vías, oral y mediática, pues la demagogia toca hábilmente las fibras más sensibles de los espíritus mientras que la propaganda no ha perdido la efectividad en su poder de persuasión.

La victoria electoral de Donald Trump fue un shock a nivel mundial. Propios y extraños se preguntaron (y no dejan de preguntarse) por qué triunfó la sinrazón, el discurso del odio, la xenofobia, la misoginia y etcétera, sobre las aspiraciones globales de progreso, concordia, alteridad. Se imputa a las encuestadoras un error de cálculo, cuando desde hace años Giovanni Sartori señaló el gran fraude detrás del negocio de esas empresas que a nada ni nadie representan, son solo una variante del provecho comercial de la “democracia” contemporánea: ¿a quién le preguntan; cómo preguntan; qué fiabilidad hay en las conciencias que hipotéticamente responden formularios? Las encuestas son inútiles. Las encuestadoras primero se crearon para sondear a la opinión pública pero rápidamente comenzaron a usarse para inducir el voto a través del efecto de rebaño en los ignorantes, los apáticos, los conformistas, y después se convirtieron en instrumento de propaganda personal o partidaria y ahora simplemente son un lastre en los procesos electorales. Las encuestadoras son aves de rapiña que se ceban con dinero público.

Cuando Michael Moore expuso cinco razones por las que Trump iba a ser el nuevo presidente de Estados Unidos, nadie lo tomó en cuenta, ignoraron sus tesis, quizá porque el escepticismo es una de las rémoras que nadan junto al mito democrático. Nadie cree en los peligros verdaderos (y subrayo verdaderos porque “peligro” es el sustantivo predilecto de los charlatanes y de la politiquería), se concede el beneficio de la duda, todos hablan de contrapesos dentro y fuera de una nación, de los avances y conquistas sociales en cada país, del rechazo general a los fascismos. Nada de eso es cierto. El planeta es una caja de resonancia cuyas coordenadas son los instintos primarios, el odio, el rencor, el dominio a toda costa, la destrucción del otro. Quitémonos la venda: la democracia es una quimera, una esperanza endeble. Los anhelos germinados en la sensibilidad, en la cultura, no están rotos porque nunca prosperaron. En Estados Unidos, los ideales de Walt Whitman se quedaron como hojas de hierba. La historia dejó cicatrices pero ninguna moraleja.

Rob Riemen evoca una alocución de Sócrates en su libro Nobleza de espíritu: “A menos que los filósofos reinen en los Estados, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, no habrá, querido Glaucón, fin de los males para los Estados ni tampoco, creo, para el género humano”.

Por desgracia, la filosofía de Donald Trump (bárbara, perversa, intolerante y despótica pero filosofía a su modo) es inadecuada, una invitación a conjeturar el fin del mundo. Al menos, tal como hoy lo conocemos.

Quitémonos la venda una vez más: lo siguen millones de votantes. Ellos exigirán que cumpla esas promesas de campaña que Trump estimuló desde el cuarto de guerra.
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