[El Santo Oficio] Carmen, otra vez

Hasta el monasterio llegan los comentarios por el despido de Carmen Aristegui de MVS.
La periodista Carmen Aristegui.
La periodista Carmen Aristegui. (Especial)

Ciudad de México

Hasta el monasterio llegan los comentarios por el despido de Carmen Aristegui de MVS. Los monjes los escuchan con el desconcierto de quien experimenta un dejà vu, algo vivido en otro momento. De nueva cuenta, en las redes sociales aparecen los defensores y detractores de la periodista más influyente de la radio mexicana; algunos se rasgan las vestiduras, otros destilan odio. Unos pocos analizan con inteligencia y serenidad el suceso, lamentable sin lugar a dudas.

El cartujo pierde el sueño, no siempre está de acuerdo con la opinión de Carmen, pero su voz le resulta necesaria, más ahora cuando el poder se engolosina y el periodismo crítico —incluso estridente— es indispensable contrapeso.

Aristegui ha construido una comunidad con sus seguidores, ningún otro periodista tiene una feligresía tan amplia y leal. Ella lo sabe y por eso su audacia ha sido cada vez más grande, documentando casos donde los poderosos son blanco inevitable cuando de conflictos de interés, ineficiencia o corrupción se trata.

Fuerte es el silencio se llama un libro de Elena Poniatowska, el monje lo recuerda cuando en el 102.5 de FM la voz de un emergente intenta sustituir la de Carmen, conocida y querida por tanta gente; tan poderosa cuando está fuera del aire. El fraile la escuchaba todos los días, incluso para hacer corajes con su empecinamiento en algunos asuntos, pero también para admirar su valor y olfato periodístico en notas como la de la Casa Blanca de la familia Peña Nieto, cuya repercusión internacional ha hecho más relevante la noticia de su salida de MVS, la cual —advierten los especialistas— va más allá de un conflicto entre particulares, como boletinó la Secretaría de Gobernación.

En el número más reciente de Gatopardo, Wilbert Torre publica una extensa entrevista con Carmen Aristegui, en ella pone en claro su posición como periodista, su manera de ver un oficio donde —lo sabemos— la objetividad no es posible cuando se tienen ideas y pasiones, susceptibles de ser cuestionadas, debatidas, también, ahora lo vemos, de ser defendidas ante quienes desean acallarlas.

Wilbert le pregunta sobre su presunta militancia y ella responde: "Creo que no soy militante, aunque me han hecho fama. Hay una mezcla de opinión, de crítica genuina y otra de campañas para denostar a figuras públicas. ¿Cómo desacreditas el trabajo de un periodista? Diciendo que es militante, que es vocero, que sus propósitos son distintos a los periodísticos. Yo sostengo que mi trabajo tiene como autor principal y único al periodismo. No niego que puede haber un ángulo y énfasis en ciertos asuntos, pero eso forma parte de la subjetividad de un periodista".

Más allá de las preferencias, nadie en su sano juicio puede alegrarse del despido de Carmen Aristegui, de su exilio del espacio radiofónico al cual —profetiza el fraile— volverá muy pronto para seguir alimentando la hoguera de la polémica.

Queridos cinco lectores, desde la lejanía El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.