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Jueves , 20.09.2018 / 20:10 Hoy

Competir hasta matarnos

Vale la pena preguntarse si, en un momento en el que la industria del libro se encuentra en retirada, amenazada —según muchos— de extinción, la cooperación no sería incluso una maniobra de supervivencia gremial.

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En su fascinante recuento de su vida como trabajadora sexual, y posteriormente como madame de prostíbulos de lujo a comienzos del siglo XX en Estados Unidos, Memorias de una madame americana, Nell Kimball narra en algún momento que existía una red informal de solidaridad entre las mujeres de su gremio: “…hay una especie de red clandestina entre las madames para intercambiar información del negocio, hacerse recomendaciones de buenas chicas o advertencias en contra de grandes despilfarradores cuyos cheques no tienen fondos, o los que son pendencieros entre los clientes viajantes y a quienes debe impedirse la entrada”. Es decir que en el submundo clandestino de su giro, siempre amenazado por la ley o la violencia producida por clientes difíciles, la cooperación es un arma esencial para procurarse entre todas la supervivencia.

Actualmente, la competencia descarnada es uno de los principales paradigmas que estructuran a nuestras sociedades, al grado de que en los hogares y en las universidades se inculca como una de las grandes virtudes a adquirir, si es que uno quiere probar las mieles de ese nuevo nirvana llamado éxito. El mundo de los libros, por supuesto, no es inmune, así que hace unos días conocimos una noticia estremecedora, que se desprende directamente del paradigma de la competencia: la obra de uno de los autores más emblemáticos de Anagrama, Roberto Bolaño, pasa en su totalidad a Alfaguara, sello perteneciente al grupo editorial Penguin Random House.

Es evidente que un autor, o su viuda en este caso, pueden con legitimidad decidir cuál es el mejor destino para su obra, y es una decisión de negocios perfectamente normal el considerar que una editorial sea un mejor destino, por cualesquiera razones. Aun así, ello no implica que una maniobra de esta magnitud no contenga ramificaciones para toda la industria. Es difícil imaginar que un editor hiciera una mejor labor que la realizada por Anagrama con Bolaño. El propio Jorge Herralde ha contado en su libro-homenaje, Para Roberto Bolaño, cómo sus primeros libros vendían 300 o 400 ejemplares, pero él sabía que ahí había un escritor importante, así que perseveró en contra de la opinión inicial de esa nueva deidad omnipresente a la que llamamos el mercado, hasta que Bolaño se convirtió en la gran figura que es hoy. Así que, paradójicamente, el éxito es castigado y Anagrama no podrá continuar beneficiándose de lo que durante años sembró.

Vale la pena preguntarse si, en un momento en el que la industria del libro se encuentra en retirada, amenazada —según muchos— de extinción, la cooperación no sería incluso una maniobra de supervivencia gremial. Si continúa el actual proceso de hiperconcentración en un par de grandes conglomerados, que acaparan sin cesar sellos y autores de prestigio a partir de su tamaño y mayores recursos, ¿no corremos el riesgo de crear un paisaje desértico, donde no quede diversidad alguna, sino simplemente una vegetación compuesta por best sellers, acompañados por el ocasional autor literario para cumplir con la necesaria cuota de prestigio? Habrá que cuidarse de no incurrir en la solución al clásico dilema del prisionero: habiendo una opción donde podíamos salvarnos, elegir solo a partir del propio beneficio conduce al resultado donde todos pierden al final.

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