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Cómo piensan las piedras

Cuento

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Con autorización de Alfagura presentamos cuatro fragmentos de Cómo piensan las piedras, el nuevo libro de Brenda Lozano (Ciudad de México, 1981), un conjunto de relatos que componen un inventario de experiencias

Elefantes

“Nos conocimos en Madrid. Yo estudiaba el posgrado en antropología, estaba de intercambio, tenía una beca. Como casi siempre es conocer a alguien, muy sencillo. Un, dos, tres y ya estás con alguien cuando menos lo esperas. Fui a un bar con las dos amigas con las que vivía, Ben estaba ahí solo. Pidió tragos en la barra, junto a nosotras. Él y yo platicamos. Ellas se fueron pronto. Me cayó bien, platicamos largo rato. Me pareció carismático, Ben era muy carismático. Ahora mismo me parece verlo con las figuras involuntarias que hice con los popotes de nuestras bebidas, diciendo, muy sonriente, que subastaría mi serie de esculturas de popotes. Esa noche nos besamos. Pero él se iba al día siguiente así que pensé que no lo volvería a ver, que mi escultura involuntaria de popotes que se llevó desaparecería, que era efímera como esa noche, pero aquí estoy, treinta y cinco años después. Esas esculturas involuntarias de popotes a las que Ben llamaba arte, las conservó. Allí están, al lado de aquellos libros.

Ben sabía cómo ganarte. Cuando vine a África por primera vez, me enseñó la copia de El principito. Cuando niño el padre le leía fragmentos. A pesar de sus lecturas, era leal a su libro de infancia. A los veintitantos lo releyó y decidió caminar en sentido contrario a su padre. Algo le decía El principito, como un susurro que apenas percibía Ben, como un secreto, algo que le hablaba solo a él, algo que le hablaba de su vocación, de la relación con su padre, que, me parece, el libro y esa relación, por alguna razón estaban ligadas. Su padre no tenía ningún interés en los animales, conforme Ben más se inclinaba a estudiar biología, más se tensaba esa relación”.

Geometría familiar

Unos días después de volver a casa, Ricardo tuvo un intenso dolor de cabeza. Qué extraño, le dijo a su mujer, esto debe ser una migraña. Fueron a la cocina, le dio unas pastillas y regresaron a la cama. Un par de horas después, las piernas se le comenzaron a entumir. Despertó a su mujer al tocarle un hombro, con dificultades regresó el brazo al costado y, sin abrir los ojos, le dijo que el dolor era insoportable. ¿Vamos al doctor?, le preguntó al prender la luz. Contra lo que esperaba escuchar, su marido dijo que sí. Era jueves por la noche. Qué bueno que todavía tengo unos días de vacaciones, le dijo, en voz baja, ronca, a su mujer que conducía al hospital. El dolor, para entonces, era violento. Casandra le preguntó si serían otra vez las piedras en el riñón, si creía que alguna piedra se le pudo haber formado de nueva cuenta causándole un fuerte dolor de cabeza. Esa había sido la única vez que habían ido a urgencias. Ricardo le dijo que era posible, aunque para entonces el dolor de cabeza era más intenso y dudaba que la causa fuera un cálculo renal. Entraron a urgencias. Le hicieron estudios, lo intervinieron al momento. Amanecieron en el cuarto del hospital. El viernes por la mañana, la madre de Casandra pasó por sus tres nietos. Fue un derrame cerebral, pero temen, le dijo a su madre al teléfono, que otra cosa más grave lo haya provocado.

Su madre sostenía el celular entre el hombro y la oreja, los niños bajaban del asiento trasero del coche cuando su hija comenzó a llorar. Un nuevo doctor entró al cuarto, se presentó. Un doctor joven, de treinta años, cachetes rosados y cara de niño habló con Casandra. Le dijo que sometería a su marido a otros estudios. Ese mismo doctor, en breve, confirmó sus sospechas. Le informó a Casandra que se trataba de una leucemia avanzada. Por la madrugada, Ricardo tuvo un segundo derrame, la segunda intervención fue inminente como la primera. Ricardo no despertó.

Cables

Es preciso decir que en las historias de amor solo cambia el orden de las palabras y que, en todo caso, el punto final a veces llega tarde. Es impreciso decir que una palabra es la misma pronunciada dos veces y justo decir que en el amor las palabras se conducen como animales. Yo he dicho te quiero y esa palabra es una pantera, he dicho te quiero y he visto que la palabra vuela por la mañana. He

dicho te quiero y ahí va un gato negro. He preguntado me quieres y ahí está un perro blanco, sucio y torpe ladeando la cabeza. He dicho te quiero y ahí arrastra los puños un gorila. Tal vez la palabra amorosa se comporta como un simio que amontona unas ramas cuando, en realidad, quisiera construir una casa.

Escribir es comenzar arriba en la página, ir bajando. Cada línea voy más abajo. Cada palabra voy más abajo, como acá. También como cada palabra dicha, cada historia y sus silencios, es estar más abajo. Acá, más abajo. Abajo, como ahora un extremo del subibaja en el Parque Hundido al que tanto íbamos cuando niños. Durante algún tiempo el subibaja se inclinaba de mi lado, pero un verano mi hermano creció y el subibaja nunca más se inclinó de mi lado. Iba arriba, luego abajo. Recuerdo una vez que cayó la noche en el subibaja del Parque Hundido. Los dos escuchábamos lo mismo. Cerca, lejos, dependiendo de quien estuviera más cerca de la copa del árbol, se escuchaba el viento cruzar las hojas de los árboles. Empezaba la temporada de frío, el aire soplaba fuerte. Arriba hacía más frío que abajo, el viento atravesaba las copas de los árboles. Me acuerdo del ir y venir del viento, el sonido de las hojas agitándose. De vuelta a casa, mi hermano me preguntó si me había dado cuenta de que el viento entre los árboles suena igual que las olas del mar.

Los ruidos de al lado

Habían saludado a un hombre de baja estatura, ojos redondos, pequeños como dos botones negros, cejas desdibujadas, labios delgados y un peinado rígido, que por las mañanas barría la entrada de la casa sin despegar la mirada del piso. Los nuevos vecinos se habían mudado hacía tres meses a la casa de al lado que había permanecido vacía durante los dos años que Tala y Remo llevaban allí. La primera vez que saludaron al hombre de baja estatura no reviró ni los miró de vuelta y, como si no hubiera escuchado nada, barría hojas secas con el recogedor.

La siguiente vez, Tala lo saludó amablemente, intentó un intercambio de frases mientras abría la puerta de su casa, pero apenas regresó el saludo y, sin interrumpir su quehacer ni despegar la mirada del piso, respondió como eco a su saludo. Tenían curiosidad de saber quién era ese hombre, quiénes eran los nuevos vecinos. En esta época del año, las hojas del árbol frente a las dos casas le daba quehacer diario al hombre de baja estatura, que no lo hacía con pesar pero tampoco con gusto, y, como si fuera un enfermero sin humor que le tocaba pasear diario a un anciano que le encanta conversar con los que se cruzan por su camino, por las mañanas el hombre de baja estatura barría una buena cantidad de hojas secas desperdigadas lejos de la entrada, entre las rejas en los marcos de las ventanas las quitaba con la punta de la escoba, con las manos quitaba las hojas que se juntaban, en pequeños montones, en el cofre del coche, y con los dedos quitaba las hojas que se prendían del parabrisas y, esta mañana al sacar la correspondencia del buzón encontró hojas secas entre los sobres de los estados bancarios. Al hombre de baja estatura no le sorprendía que el árbol dejara caer una que otra hoja sobre su cabeza mientras barría las hojas secas con el recogedor de plástico. Los vecinos no sabían, sin embargo, quién era el hombre de baja estatura que barría todas las mañanas a la misma hora ni sabían quiénes más vivían allí.

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