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Lunes , 17.12.2018 / 07:38 Hoy

Cómo mantenerse en desequilibrio

Teatro

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El líquido táctil del dramaturgo argentino Daniel Veronese, que dirige Boris Schoemann, deja un sabor híbrido, entre amargura y desencanto, con ecos de un humor que corta como vieja navaja de afeitar, sin causar dolor pero sí molestia, y aunque pareciera ser ésta la meta de autor y director, falta trabajo actoral para nutrir la complejidad ácida de esta obra antes del final de su temporada.

Escrita en 1997 para trabajar con su grupo, El Periférico de Objetos, la obra del autor de Mujeres que soñaron caballos y Corderos plantea la reunión de un joven matrimonio conformado por una ex actriz de teatro ruso, Nina Hagëken, su esposo Peter Expósito y el hermano de éste, Michael. El trío libera pesados secretos que detonan explosiones internas al calor de la cerveza, sin que parezca importarle a ninguno de ellos lo que padece el otro.

En un hábil juego dramatúrgico que no cesa de hacer homenaje a Chéjov, con guiños a La gaviota de forma un tanto desbordada, los personajes se comportan de algún modo como los creados por el dramaturgo ruso en cuanto a que se dedican a observar el entorno deteniéndose en palabras y dichos del otro como si nada sucediera en su vida, hasta que un comentario externo hace estallar, sin mayor consecuencia, su infierno detrás de una paz aparente.

Los tres personajes de la obra argentina tienen filias y fobias que van de lo obsceno a lo absurdo, dando la impresión de que se trata de personas banales en desequilibrio permanente. Sin embargo, reflejan una sociedad que, como la expuesta por Chéjov, se pudre a mayor velocidad sin poder evitarlo.

El líquido táctil es una farsa en la que los personajes transitan de un extremo a otro, sobre el filo de sus obsesiones, incluida la zoofilia. Sin embargo, el montaje está en proceso de construir la densidad que este accidentado universo requiere, por más disparatado que parezca.

Boris Schoemann se aleja esta vez de textos de autores canadienses que bien conoce. Apuesta, en el décimosexto aniversario de su Compañía Los Endebles, por una obra de autor argentino y dirige a tres jóvenes actores que necesitan tomar en cuenta que el actor florece mientras más se hunde en el lodo de su personaje, sin juzgarlo, para evitar el boicot y la traición que banaliza toda acción y palabra, abriendo boquetes en la ficción que empujan al espectador a evadirse de la escena.

El líquido táctil está protagonizada por la joven actriz colombiana Gabriela Zas, de bello rostro y figura, que corporalmente se expresa con soltura y gracia, y cuyos mejores momentos son los coreográficos; sobre su trabajo, da la impresión de que le avergüenzan los recuerdos de su personaje, por lo que muchos de sus parlamentos y acciones se encuentran vacíos de significado por más que grite, aúlle y pronuncie lo que dice el libreto. Su trabajo exige un profundo análisis de texto que pueda conducirla por los oscuros laberintos que hacen gritar a su personaje incomprendido.

Por su parte, David Bretón, quien interpreta al marido de Nina, hace decir casi todo a su personaje desde una superioridad artificial que parece incomodar al mismo actor, por lo que se mantiene en un límite que no libera aún al personaje en su propio túnel.

En cambio, Jorge Chávez, en el rol del hermano visitante, llega en muchas más ocasiones a proyectar la verdad de un personaje que juega a no involucrarse, sin dejar de aportar socarronamente elementos para el descalabro.

Aunque Schoemann acepta el reto de dirigir una obra compleja, extraña y multitonal con un elenco joven que no forma parte de su compañía, lo que es loable, el equipo necesita calcular el cúmulo de tiempo y trabajo extra que esto exige. Quizá si los jóvenes actores deciden trabajar por su cuenta y sin pausa al cuidado del director, cuya trayectoria incluye montajes excepcionales, podrán acercarse a coronar buena parte del reto escénico aceptado.

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