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Miércoles , 12.12.2018 / 13:52 Hoy

Como dice la canción: “Si nos dejan”

Cuando en su cuartucho el frío arrecia, Querubín se enrolla en las cobijas y mira fijamente el cielo raso, hasta que el sueño lo vence; despierta en la madrugada, porque siempre fue madrugador.

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Querubín, así le decían a papá. Comenzó a irse de la realidad a sus 70 años. Los recuerdos se le enredaron y no hubo modo de hacer que los volviera al redil. Eran infinitos: comenzaba a hablar del coyote, seguía con la víbora que atravesada en el camino le impedía seguirle el paso a las borregas que le encomendaron cuidar. Hablaba de su tía Pomposa que lo animó a encaminarse a la ciudad. Deficiente visual a causa del estrabismo, estaba casada con el Sordo: “Yo lo malmiro y él ni me oye”, decía.

En el jacal se aburría y desde la madrugada agarraba camino rumbo a los pastizales, allá por el Cerro de la Cocina. El verde fue siempre su color. En la ciudad tanta grisura lo ponía de malas, sobre todo durante los primeros meses, friolentos: “Febrero loco y marzo otro poco”, decía, “y malhaya con los terregales, con estos cambios de clima que me provocan el bronquitis; en mi tierra no: allá el aire fresco te cae bien a los pulmones, la gente anda chapeada, con los cachetes colorados”.

Como todo jubilado, Querubín era un estorbo en casa: aquí, quítate que estoy barriendo; hazte para allá, no me dejas pasar el trapeador; vete al patio mientras limpio la cocina: aquí nomás te haces el tío Lolo, ni tan siquiera te acomides. Y él como si nada, platicando de cuando arriaban la yunta, de cómo su apá le enseñó a montar a caballo, de las truchas que saltaban de gusto en la presa de Tepetongo, donde su tía lo ponía a recoger hongos de los llamados pataratas, y quelites y quintoniles que luego le guisaba con ajo y cebolla, “nomás sudaditos: los ponía en la tortilla, le echaba una cucharada de salsa verde y vas p’atrás”, decía y la boca se le hacía agua nomás de recordar.

—Qué rico huelen esas verdolagas, con su carnita de puerco y su salsa verde —husmeaba destapando la cazuela, y Lorenza le reprendía que olisqueara la comida, “ya mero está, vete a lavar las manos y te sientas, deja de cusquear”.

En un descuido de sus hijas, Querubín cogía camino rumbo al mercado. Y, acostumbrado al trabajo rudo, se acomedía para llevar huacales y costales a los puestos que le indicaban los locatarios. La fruta se la granjeaba, también la comida, y siempre ponían en sus manos verdura para llevar a casa. Con el vendedor de churros se quejaba: “Mis hijas no me dan de comer, y si bien me va nomás me están contando las tortillas. ¿Mis hijos? Ya con obligaciones qué les importa saber si estoy o no buenisano”.

—Tenga su bolsita de churros, don, pa que no se quede con el antojo —se conduele el Churros-churros.

Al volver las hijas lo riñen por no avisar: “Ya estábamos preocupadas por ti, fuimos a dar una vuelta por el mercado y no te vimos; nos dijeron que andabas con Cuco y con el Satanás, bien que le entran al chínguere, y hueles a trago: no te hagas el loquito, si hasta los cachetes tienes bien colorados, y los ojos: chiquitos-chiquitos: ya te pusiste alegrón y ora verás cuando se te suba el azúcar, verás cómo te vamos acusar con el médico”.

Cuco y el Satanás son hermanos. Con sus papás, Chepita y don Julio el despachador de camiones, llegaron ya grandecillos de Reynosa. Cuando tuvieron edad se metieron a la policía industrial: grandotes, güerejos, parecían cherifes con sus uniformes. Pero un día, pedos, vieron un coche mal acomodado, se metieron y lo fueron a volcar en el Canal de San Juan. Se aventaron buenos meses en la cárcel; los ficharon y luego quisieron trabajar nuevamente en la seguridad, pero los antecedentes penales los traicionaban. Se metieron a la albañileada y ahí pescaron el gusto por el trago hasta hacerse teporochos. Con ellos le gustaba juntarse Querubín, que era de la edad de don Julio y sus hijos lo respetaban y hasta le invitaban de su teporocha.

Querubín tira de a lucas a sus hijas y debajo de la camisa esconde la bolsa con churros. Sube hasta la gélida habitación a donde lo han confinado, en la azotea —tercer piso— para que deje en paz a Lorenza, “que bien que se hace mensa”, dice Querubín, “que bien que se escuda en esas sargentos mal pagados para no cumplirme. Ahí la tienen en ese sillón que ya le pudrió las tepalcuanas: cómo no, pues si el cuerpo se hizo para moverlo, no pa’ que se anquilose por falta de uso”.

En la azotea maldice por lo bajo su mala suerte, alega que eso de llegar a viejo no es cosa buena:

—Lo arrejolan a uno como un mueble destartalado, como un bulto sin oficio ni beneficio; ingrata que es la vida, encerrado en estas cuatro paredes, cuando tengo a mi Lorenza mensa y no dejan siquiera me le arrime un tantito: ni que estuviera yo sarnoso, apestado; si el cura bien que dijo: que estuviéramos juntos hasta que la muerte nos separara, pus qué caray. Teníamos nuestra cama, la misma desde que nos casamos. Ahí criamos a los chamacos, ahí mismo hicimos a los que vinieron después. Y todavía, como dice la canción: Si nos dejan,/ buscamos un rincón cerca del cielo;/ si nos dejan,/ haremos con las nubes terciopelo:/ ahí, juntitos los dos,/ cerquita de Dios/ será lo que soñamos… ¡Achis, que me la hagan buena!

En ocasiones Querubín se queda sentado a la orilla de su cama y divaga; quien lo escuche y no lo conozca, pensará que se le aflojó el tornillo; pero si ese quién sabe de su eterna nostalgia por el campo, le complacerán sus evocaciones: de cuando atrapaba una carpa, la despanzurraba. Fuera tripas, agallas, fuera bolsa de flotación: la ponía sobre el fuego hecho con boñigas de vaca, secas, y en dos por tres estaba asado el pescado; lo vería corriendo por el campo, armado con piedras y resortera; apuntaba hacia un pajarillo, tras derribarlo lo desplumaba y preparaba para asar ensartado en una jara; lo pasaba una y otra vez sobre las llamas, le espolvoreaba sal y vas pa’atrás. También lo verá trepado en una silla hasta alcanzar el canasto donde su madrastra guarecía de los tlacuaches y ratas de campo el queso y las tortillas; cogía un manojo, con él envolvía el lácteo, lo guardaba bajo la camisa y pegaba carrera hasta el arroyo, escogía una piedra en medio de la corriente y sobre ella preparaba uno y otro taco y convidaba tortillas a las tortugas y peces que nadaban a su alrededor.

Cuando en su cuartucho el frío arrecia, Querubín se enrolla en las cobijas y mira fijamente el cielo raso, hasta que el sueño lo vence; despierta en la madrugada; porque siempre fue madrugador: a Lorenza le desagradaba que estirara la mano hasta el buró y se hiciera del radio de transistores para sintonizar la XEB, la B grande de México, y escuchar “La hora del granjero”, programa conducido por su locutor favorito Pepe Garcés.

Margarita, su hija, sube a verlo. Querubín la escucha, pregunta quién anda ahí. “Yo, papá, vine a verte porque ya me voy”.

—¿Tú crees que haya vida después de la muerte? —pregunta.

—Espero que sí, para que sigamos platicando con calma. Ahora duérmete —contesta ella; le acomoda el gorro de estambre para que cubra las orejas y le da un beso en la frente.

—¿Tú crees que alguien vuelva después de haber ido más allá del río?

—Quién sabe, pero ya duérmete y mañana me cuentas.

Margarita sale y cierra la puerta así. Aún así, alcanza a escuchar que Querubín continúa sus preguntas, hasta que su propia voz lo arrulla y se queda dormido.

* Escritor. Cronista de Neza.

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