Jaime López y la poética del hombre deshecho

[Vibraciones]
Jaime López
Jaime López

Ciudad de México

Jaime López desprecia la vida moderna, la cultura vegana y a los niños de la Condesa. Es un desprecio cáustico que tiene como frase de guerra "¡Di no a la yoga!" Desprecia la espiritualidad urbana, a esa gente que para purificarse del smog hace flor de loto por las mañanas. Los desprecia y les grita: "¡Por ahí ya no te vengas, que en Hungría Buda apesta!" Los desprecia porque han convertido sexo, drogas y rock'n roll en "rezo, yoga y Steve Jobs". Y porque viven encerrados en departamentos y restaurantes, aviones y oficinas, olvidados de la carretera. La carretera que ha sido su casa, que le ha dado y quitado la luz. Y permitido conocer hermosísimas mujeres. Mujeres antiguas, de carretera. Que son las que en verdad cuentan. A veces no se bañan y nunca se han puesto a dieta. Beben tequila directo de la botella. Ignoran lo orgánico y el karma. Sudan. Su olor es rancio. Son tan hermosas por despreocupadas y salvajes. Olvidan depilarse. Y a Jaime le fascina lamerles los pelos de la axila.

Lola era mujer de vodka. La única más alta que él. Nacida en Puerto Bagdad, parecía un huracán con sus maneras costeñas de andar. Le destempló a Jaime los nervios. Sus amigos decían que era travesti. Pero Jaime la sentía divinamente cachonda. Tan mujer que por ella hizo cosas que nunca había hecho. Como matar a un hombre que preguntó por su precio. "¡Es tan poco el amor para que lo gastes en celos!", reclamó Lola y comenzó a despreciarlo: "Estás traqueteado, Jaime, la carretera te ha refundido en las mazmorras del blues. Y no eres virtuoso, ni siquiera lo eres tocando la lira". Lola usaba camisas sin nada debajo. Siempre se le salía alguna teta. Vestía de blanco estilo 1950. Su sonrisa era una puñalada trapera. Abandonó a Jaime, no sin antes maldecirlo.

La maldición de Lola lo ha perseguido noche y día, como una condena. "No tengo líneas en la palma de la mano y las gitanas no me hablan ya ni en ruso. Me voy con tu maldición. Más mal no me puede ir; ya estoy en un ataúd". El lamento de Jaime es amargo. Su cabellera color gris–mortal. La voz sucia y raída: el sonido de un ser putrefacto que deambula en el olvido. Y repele inquina. Pero fascina, porque su asco siembra imágenes: Un corazón de cactus absorbe el amor gota a gota; los relojes sufren paros cardiacos por vivir de sus recuerdos; eróticos encuentros a contraluz se difuminan hasta extinguirse en el abismo de orgasmos inalcanzados; las heridas vuelan en cielo abierto con forma de mariposas disecadas.

*

La palabra, para Jaime, resulta sagrada. Es su primer instrumento. Construye con ella el evangelio del hombre deshecho: chilango nacido en aguas revueltas (nada, como salmón, a contracorriente) que envejece sin amor con su misma vieja canción. Se han llevado la rocola del rincón del bar y tiene que cantarla solo. El cantinero ya no lo escucha. Se sabe de memoria sus versos. Tan vigorosos como sombríos. Irregulares y cortos. A veces sin melodía. De una atracción extraña, casi imaginista. Le cantan al presente inmediato. Van adheridos a sus estados de ánimo, que tienden hacia el ácido.

Es una poética nocturna de la decadencia. Hay juego en la superficie; palabras controladas por la ironía burlándose del mundo y de sí mismas. A veces su juego es medio tonto ("nuevos tiempos serán los viejos tiempos, pero no me sirvas al tiempo mi cerveza Victoria" o "si el amor es pasajero, yo soy autobús") pero la mayor parte del tiempo resulta divertido e ingenioso ("la fidelidad es base x altura sobre2sis" o "no hay peor lucha que Lucha Villa" o "yo solo sé que no sé náhuatl").

No hay mujer con historia propia en esta poética. La mujer es La Culpa de que el hombre esté desecho. Y los tristes pedazos masculinos tienden hacia la rabiosa venganza con fanfarronadas de machito ("aunque sea de paso y en un hotel–garage, anhelaba una bien–venida" o "¿dónde están las que amé por los arrabales?").

Pero el corazón del hombre deshecho pertenece a los sueños de Jaime. No a los luminosos y evidentes, sino a los más oscuros y privados. Con todo y que es un cantante maldito, en su onírica vida secreta aflora la ternura. Sutil y lejana. Nunca confesada. Hecha de evocaciones incompletas: "alguna vez, beso a beso, hicimos grandes ciudades, a donde, al paso del viento, se han ido todas las calles".

*

A una mujer de abrigo azul que tiene la manía de subirse el escote, Jaime le pregunta: "¿qué más le puedo yo pedir a un pinche domingo que estar a solas contigo?". Ya terminó la tarde. Ella es casada pero no quiere irse (púrpura profundo es el color de su famosísimo dolor). Y, cosa insólita, Jaime tiene palabras románticas para despedirla: "Amor, si esta luna no se fuera con la noche, ¿te imaginas?".