Para dejar de abolir

SEMÁFORO
Eso de abolir la esclavitud de los indios abunda en lengua española.
Eso de abolir la esclavitud de los indios abunda en lengua española. (Mónica González)

Eso de abolir la esclavitud de los indios abunda en lengua española y en estas tierras que, por ahora, se llaman México. Carlos V la abolió tres veces; Felipe II, al menos otra; el Virreinato supuestamente no tuvo esclavos pero, al insurgirse, el cura Hidalgo decidió también abolir la esclavitud. La insistencia indica dos cosas. Primero, que la esclavitud persistió de facto o travestida con otros nombres (“servidumbre”, el antiguo, que combatieron Vitoria, Las Casas, Quiroga, Garcés y Zumárraga). Dos, que las legislaciones del orbe hispanohablante han sido muy bondadosas pero muy ineficaces.

Nuestro universo jurídico ha cometido un error parvulario desde hace siglos. Todavía la gente cree que puede haber leyes que inicien prácticas virtuosas. Es pensamiento mágico y ni siquiera complejo. Las leyes prohíben, impiden, restringen.

Sucedió con Las Casas. Como explicación esquemática de una realidad compleja, podemos decir que los indios esclavizados (o jurídicamente: “puestos en servidumbre”) se vieron de pronto con una súbita libertad, elementalmente justa. Pero habitaban un mundo movido por intereses distintos a la justicia. Carecían de propiedades, conocimientos, oficios y volvieron a su estado de servidumbre.

La discusión se arrinconó donde no hay salida. La razón y la justicia están por completo con Las Casas. La puesta en práctica de esa razón y esa justicia ha fallado siempre. Los indios no dejan de ser víctimas, eternizadas entre los vampiros que beben su sangre y los santos que salvan su alma. Y no hay salida, a menos que sea como explosión violenta, que tampoco asegura nada. Por ejemplo, la descolonización de muchos países de África que, tras la liberación e independencia, se vuelve a topar con el mismo fenómeno de humillación, explotación, violencia y la recurrente filantropía de un Occidente que se conmisera.

En principio, resulta más difícil simpatizar con Vasco de Quiroga que con Bartolomé de las Casas. Quiroga quiso continuar con la Encomienda, por dos generaciones, antes de dejar a los indios sin servidumbre ni tutelaje. Las Casas, desde luego, quiso cortar de tajo todas las sogas. ¿Cómo no simpatizar con el dominico Las Casas; cómo no reprocharle a Quiroga —un civil al que del cielo le cayó la sotana— que quisiera continuar con la Encomienda? Aquí es donde el derecho puro se vuelve ingenuidad culpable. La herencia de la bondad fue la repetición del ciclo de la servidumbre, mientras que el legado de Vasco de Quiroga resultó un secular milagro del distributismo y la cooperación.

Quiroga sabía una cosa: que los indios se dieran al vicio y fueran cada vez más violentos no se iba a remediar con sermones sino con dignidad (que hoy llaman autoestima). El vasallaje inútil, la servidumbre sin siquiera servir es el desperdicio, no del trabajo: de la vida humana. Quiroga no era contemplativo sino de poner manos a la obra: inventó que “los indios de esta ciudad nos den mancebos hábiles para ponerlos con oficiales castellanos de todos los oficios para aprendices”. Luego serán maestros y ellos mismos se bastarán. Pensamiento utópico, decían. Y era verdad, pero también realidad.