Obesidad y barbarie

SEMÁFORO
Estudios recientes revelan que actualmente, la entidad ocupa la octava posición a nivel nacional.
Comer solo, engorda. No por la bioquímica del comensal sino por el hecho de su soledad triste. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

El país más obeso. Es extraño, porque podíamos hallar una explicación para la obesidad gringa: son gente que come sola, no platica con nadie y vuelve al trabajo. Comer solo, engorda. No por la bioquímica del comensal sino por el hecho de su soledad triste, sin conversación: seres mostrencos frente al placer fácil de los carbohidratos y la tele. ¿Pero, México? La explicación ha de ser distinta.

En ambos países abundan los obesos porque comen empaquetado: muchas calorías de cereales y azúcar refinada, que se conservan durante mucho tiempo, al revés de la pronta descomposición de frutas, verduras y proteína animal. Quizás ellos consumen esos alimentos baratos por soledad: comen como función fisiológica; los mexicanos, por pobreza y prisa.

Los gringos comen en horarios de pobres. Algo con calorías temprano, un espacio a las 12 y la auténtica sustancia cuando la labor se ha terminado. Es horario de campesinos y trabajadores, y viene de viejo porque se rige por el sol; cuando pardea la tarde, cierran el día con miras al descanso. Sus horarios son los mismos que muchos países europeos, que no tienen mayor conflicto con la gordura.

Por el otro lado, el mundo de la lengua española, más pobre desde hace 400 años, imita y finge la opulencia: la gran comilona se lleva a cabo a media tarde (que solemos llamar "mediodía"), entre las 2 y las 3. Dura mucho tiempo, tiene muchos cursos y deja barrigas ahítas, incapaces de recobrar el ritmo del trabajo. Resultado: varias horas menos para la faena, muchas horas más para el ocio —que, si se invirtiera en una gran conversación, podría fabricar una gran cultura. Pero el arte de pensar lo que se dice y decir lo que se piensa parece perdido.

La urbanización despiadada y la persecución de fines equivocados han convertido a los mexicanos en acólitos de un progreso alucinado. De pronto, sin modificar horarios, los pobres tienen prisa para salir a completar un ingreso siempre insuficiente; los acólitos del progreso transformaron la hora de la comida abundante en otro rato "productivo": citas con clientes, socios, jefes y subalternos o candidatos, funcionarios grillos y ebrios empleados de gobierno que llevan a cabo lo contrario de una conversación civilizatoria: farfullan cálculos, con estrategias para vender y comprar, hacer creer, embaucar, y todo lo que quepa en la negación del ocio: negociar es en muchos sentidos la destrucción de la cultura, cuando se suplanta el valor de la imaginación, las curiosidades y la conversación con el uso utilitario del lenguaje.

Además, el estrés dispara la producción de cortisol y se incrementa en mucho la asimilación de calorías y la instalación de la angustia y la tristeza. A esto, la gente que no entiende el ocio, lo llama, por ejemplo, "aterrizar". Así, por ejemplo, una idea aterrizada se transforma en un "producto". El resultado es algo para ganar dinero y perder humanidad. El problema no es la soledad sino la barbarie. Compartir la comida y la bebida es el origen de la civilización y la cultura. No importa tanto lo que hay en un plato: el banquete no puede ser más que la conversación.