El terror y el tedio

[SEMÁFORO]
Semáforo
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Hay muchas formas del anarquismo. Una vertiente supone que se trata de una referencia ética y no de una militancia (Tolstoi, Gandhi, Ivan Illich, Gabriel Zaid, por ejemplo), pero otros deciden que su rechazo al poder y la dominación debe actuarse de modo violento y sin necesidad de ofrecer a cambio ni utopías ni bondades. Se imaginan a sí mismos como hijos del nihilismo.

Nietzsche quiso ser nihilista; no pudo: le sobraban ganas y eso transforma la nada en un exaltado vitalismo. Incluso el más terrible de todos, Sergei Néchaiev —que intimidaba hasta al salvaje de Bakunin y llenaba de miedo a Herzen y a Dostoievski, quien lo tomó como inspiración de Los endemoniados— tenía un pacto con la destrucción. Su Catecismo del revolucionario (1869) afirma que es necesario cortar todo vínculo con "el orden social y la civilización", "con las leyes, los modales, convenciones y la moral de aquel mundo". El nihilista es un "enemigo irreductible y habita en ese mundo con un sólo propósito: destruirlo".

Con todo, no podían ser nihilistas: su fascinación por el acto y la subversión los desdecía. En ruso, fueron agentes del diablo; en francés, el dolor moral de Los justos (Camus); en inglés, una alegoría: El hombre que fue jueves (Chesterton). Nihilista se ha usado siempre en forma despectiva o con intención polémica. Excepto una vez: "El nihilismo no es solamente un conjunto de consideraciones acerca del tema: 'todo es vano'; no es solo la creencia en que todo merezca perecer, sino que consiste en poner las manos en la masa, en destruir... Es el estado de los espíritus fuertes y de las voluntades fuertes, a las cuales no les es posible atenerse a un juicio negativo: la negación activa responde mejor a sus naturalezas profundas".

Eso es de La voluntad de poder. Y el admirable y aborrecible Nietzsche puede ser de una candidez conmovedora: justo cuando ha visto al verdadero diablo —el que sopla a la oreja: "todo es vano"— se vuelve y habla de poner las manos en la masa. Y encima añade la negación activa. El diablo está en otro lado. Decir non serviam es un acto mucho más vital que nihilista. La diferencia es otra, y estriba en destruir o no hacer, o dejarse hacer sin chistar.

El nihilismo puede ir desde una tremenda complicación espiritual hasta la caricatura del saboteador con una bomba como un balón negro, con su mecha. El de hace un siglo era el reverso de un vitalismo exacerbado y hasta envidiable: subvertir el universo, que no es tarea de pusilánimes. Hallaron su sentido en el miedo que el Estado les tenía.

En nuestros días, me temo, el verdadero nihilismo, la certeza de que "todo es vano", no está en los subversivos —esos personajes urbanos que por lo común se borran, como si no existieran, pero se llenan de fuerza y poder cuando provocan miedo— sino en un Estado que ningunea la rebelión y desdeña la violencia. Al fin, el anarquista barato y sus estallidos creen al menos en el mal y, por tanto, en la historia. Apuestan a que el terror es mejor cosa que el tedio. Y la violencia mejor que la nada.