Ebriedad espartana

[SEMÁFORO]
Si falta la conversación, la ciudad se llena de borrachos peligrosos.
Si falta la conversación, la ciudad se llena de borrachos peligrosos. (Oswaldo Ramírez)

Ciudad de México

Si falta la conversación, la ciudad se llena de borrachos peligrosos. En las Leyes (636-643), Platón hace discutir a un ateniense y un espartano. El espartano elogia la severidad de las virtudes entre su pueblo. El ateniense está de acuerdo, pero le recrimina: entre ustedes, la bebida lleva a la ebriedad (signo de intemperancia) y se vuelve disruptiva del orden social. Los espartanos carecían del arte del simposio. Su moral se ocupa de la valentía, pero, al carecer del arte civilizatorio de la conversación, descuida y pierde la virtud del dominio de sí mismo. Todo lo que sabemos de Esparta quedó escrito por los atenienses.

Para entonces ya existía una larga tradición celebratoria de la virtud y sus fermentos. Homero es una forma del simposio: cantaba para soldados o pastores mientras ellos comían y bebían, imaginaban, se conmovían. En la Ilíada, y más en la Odisea, hay varios episodios del arte de compartir la bebida con los cantos y las conversaciones. Después, Arquíloco, Teognis, Alceo, dedican poemas a celebrar las rondas de bebida, los amigos y las virtudes. Y traduje, en versión muy libre (y asistida involuntariamente por García Gual), a Alceo:

"Bebe cuanto puedas, solamente procura llegar por propio pie, sin criado que te cargue (sólo que seas muy viejo) hasta tu casa. Alaba y distingue a aquel que haya bebido pero insista en buscar la virtud con ánimo y memoria, sin gastarse en ficciones ancestrales, cuentos de Titanes, o Gigantes, ni Centauros. Y que siempre guarde el respeto a los dioses".

La tradición ha confundido banquete, simposio y hasta congreso. La celebración por la bebida es un simposio; la comida es: hó deîpnos. Es la comida principal. Pero la confusión no es solo nuestra, moderna. Ateneo de Náucratis fundó, en el siglo III, el grupo de los deipnosofistas y escribió una enorme cantidad de diálogos y relatos que pretendían copiar el simposio platónico. Pero sus diálogos eran reuniones de esnobs. Y esa versión romana, latinizada, halla su sátira en un episodio incidental del Satiricón, donde los comensales echan poemas y discursos vacuos y pomposos, pura mala retórica. Almas vacías y entusiasmadas con un puerco eviscerado. Es en esa cena donde Trimalción, el mayor de los esnobs, para darse importancia, cuenta haber hallado a la inmortal Sibila de Cumas, en un mercado, consumida, colgada en su botella. Pasan niños gritando, jugando, clientes vulgares, mercaderes, usureros. Y Trimalción, al reconocer a la Sibila, se acerca y le pregunta, en griego: "Sibila, ¿qué quieres?", y ella responde: "Quiero morir".

T. S. Eliot entendió lo que estaba leyendo. Por eso lo puso de epígrafe al poema más importante del siglo XX, The Waste Land: lo que sucede cuando se olvida el sentido original de la conversación y quedan voces rotas, solas, retazos de sentido. "En The Waste Land ni siquiera me molestaba por averiguar si entendía lo que estaba yo diciendo", le respondió Eliot a Donald Hall. Era el momento en que la ebriedad cambiaba de recursos y sustituía el alcohol por drogas de laboratorio.