La energía de Walt Whitman

[SEMÁFORO]
América del Norte era bruta, semibárbara y muscular —orgullosamente muscular.
América del Norte era bruta, semibárbara y muscular —orgullosamente muscular. (Thomas Mukoyas/Reuters)

Ciudad de México

En 1860, según Carlo Cipolla, la energía empleada en Estados Unidos provenía, principalmente, de la fuerza muscular de los animales (50%) y de los hombres (25%); el resto, del vapor y los combustibles. En 1960, el 96 por ciento de la energía provenía ya de los combustibles. Y los estadunidenses trocaron su aportación histórica en contaminación y obesidad.

Desde sus orígenes, el mundo occidental ve con tristeza que el ser humano se gane el pan con el esfuerzo corporal. El siglo de las industrias ha dejado sus lamentos. El más sonoro es quizá la denuncia de Marx y Engels: la relación del cuerpo con la pobreza, la explotación, la esclavitud. Por eso imaginan la libertad con el giro de Espartaco sobre el centro del poder: la dictadura del proletariado es una venganza y la reversión de la culpable indiferencia ante el esfuerzo del cuerpo, el cansancio, la explotación. El ser humano no debiera requerir de su fuerza bruta para su sostén. No lo pueden evitar y buscan reparación invirtiendo el orden. Subyace ahí una idea que modela nuestra civilización occidental: el ser humano no debe ser esclavo de su cuerpo; la voluntad debe ser la potencia soberana, y someter a alguien a la producción de su esfuerzo corporal es reducirle su rango de persona. El objetivo de la civilización es el dominio sobre la materia. El ser humano por sobre sus medios de producción; el individuo por sobre su cuerpo; la voluntad sobre la materia. Hablamos del conocimiento, el trabajo y la producción. Pero es que, históricamente, los occidentales ordenan su cuerpo y su deseo, su economía y su lugar en el mundo bajo la idea de una soberanía.

Pero hay otras formas del poder. Mientras los ingleses victorianos piensan en el dominio sobre la materia, y en el conocimiento como un know what, del otro lado del mundo se está forjando una ideología distinta: el dominio de la materia y el conocimiento como know how. Durante el siglo XIX, en Estados Unidos el trabajo físico no era motivo de vergüenza. Era la aceptación y aprecio del cuerpo como recurso. Y surge una belleza distinta, que ya no es la pura forma contemplable sino la satisfacción del acto, del hacer.

Para entonces, la América del Norte era bruta, semibárbara y muscular —orgullosamente muscular. Y democrática. Whitman reinventa a sus griegos: la reunión de hombres corporalmente independientes que pueden sostenerse por propia fuerza, y son los torsos desnudos del trabajo en los muelles, las minas, el ferrocarril. Es el obrero con voz, partícipe de cosas públicas. En esa nación de torsos desnudos, anchos hombros y brazos poderosos, Whitman admiraba la musculatura de un negro que palea carbón, igual que Sócrates elogiaba la musculatura abdominal del joven Cármides, llamándola "sofrosyne": una virtud moral.

La democracia estadunidense no era la monarquía, ni la soberanía. Era el origen de una voluntad que surgía de una idea del cuerpo, inmune a la dominación, animada por la participación. Una idea de la belleza que no se puede separar del acto, del trabajo: no es una forma de contemplación; es un ejercicio. Hoy es cumpleaños de Walt Whitman.