Escucharse hablar

SEMÁFORO
George Bernard Shaw
George Bernard Shaw (Especial)

Hay una obrita, chiquita, grosera, genial, de G. B. Shaw, que se lee en unos minutos: The Dark Lady of the Sonnets. Entre muchos pequeños alfileres de ingenio, hay una escena en la que la reina Isabel —que Shaw convierte en sonámbula— se sale dormida del palacio y se topa con Shakespeare, que andaba a las escondidas, seduciendo a una sirvienta de la corte; comienzan los reclamos, las pendencias y terminan del moco, a jalones y empujones. La Reina gana el pleito porque Shakespeare, escuchándola, no atina sino a sacar papel y cálamo para apuntar tanto buen insulto como salía de boca de su enemiga. Por supuesto, Shaw hace salir de la Reina varios de los mejores improperios que aparecen en las obras de teatro. Y bien, la obrita da una estupenda idea de lo que pudo haber sido Shakespeare: un tipo común, pero con un oído prodigioso, que pescaba al vuelo la magia de las palabras, su precisión, sus equívocos, la música.

A casi todos nos ha sucedido que, cuando algún interlocutor no entiende alguna de las palabras que utilizamos, o una frase que no sea de cajón, en lugar de que él se sienta avergonzado, tome una actitud de algo así como habernos hallado en falta, por decir cosas raras. Hemos padecido la mofa del tonto —o hemos sido el tonto. Y no es solo la confrontación con la tontería, cosa que encuentra cualquiera en sí mismo, sino la pereza mental generalizada donde todo aquel que intente decir algo de modo nuevo, distinto, renovado, no puede sino hacer el ridículo. Es la estupidez que se vuelve autoridad y sanción. Cosa de sordos y placer del mentecato: encontrar sus mismas ideas, con sus mismas expresiones, siempre. Terror al habla y odio al oído. Sucede, por ejemplo, que pensar y conversar se va pareciendo a esas inocuas repeticiones de la musiquita de supermercados y elevadores: cosas que suceden, acontecen, sin el concurso de la propia conciencia y pareciera mejor mantener el ronroneo de la tontería que soportar el silencio que obliga a pensar y atender.

Ortega y Gasset decía que la diferencia entre el tonto y el listo reside en que éste se da cuenta de que está a punto de ser tonto y hace el esfuerzo de evitarlo. Y Harold Bloom sugiere que la genialidad de Shakespeare reside precisamente en que sus personajes no solo son capaces de escuchar a los otros personajes sino que, incluso, pueden escucharse a sí mismos y transformar su propio ser. De ahí los cambios de Hamlet, la evolución de Otelo... Y es que pensar es un diálogo interno, un concurso de voces que puede darse de modo silvestre o como la fuente misma del pensamiento. Oír es un sentido; escuchar es una habilidad. La historia está llena de personajes que escuchan voces y entienden que se trata de su propio interior: a Sócrates le hablaba su daimón; los profetas escuchaban a Yahvé, Shakespeare escuchaba todo y a todos y hasta Homero Simpson discute con la voz de su conciencia: "¡Cállate, o te apuñalo con un hisopo!". Y de aquí sale mi inquietud: esos psicópatas que oyen voces perentorias, ¿no son lo mismo que todos, pero ignoran que el acto de pensar sucede así: oyendo voces?