Más allá del caos

[EL SANTO OFICIO]
El cartujo abandona el monasterio en busca de una montaña alta y solitaria. Es su último recurso para librarse del ruido incesante y las insufribles imágenes de las campañas políticas.
El cartujo abandona el monasterio en busca de una montaña alta y solitaria. Es su último recurso para librarse del ruido incesante y las insufribles imágenes de las campañas políticas. (Especial)

Ciudad de México

El cartujo abandona el monasterio en busca de una montaña alta y solitaria. Es su último recurso para librarse del ruido incesante y las insufribles imágenes de las campañas políticas, esos flagrantes atentados a la cordura.

En el libro Reflexiones del señor Z. (Anagrama, 2015), H. M. Enzensberger manifiesta: "Z. se preguntaba si Montaigne tenía razón cuando escribió que había que dejar la política a 'los más robustos y menos dubitativos que de buena gana sacrifican su honor y su conciencia por ella'". El autor de los Ensayos tenía razón. En México, por ejemplo, salvo alguna olvidada excepción, los políticos jubilaron hace tiempo los principios y el decoro: mienten por deporte, atracan en despoblado y nada les importa su miserable nombre. Viven rodeados de lujos y prebendas mientras el país se incendia.

En una ocasión, a principios de los ochenta, el monje le preguntó a Palillo, el inolvidable héroe de las carpas, hacia dónde nos dirigíamos con tantos malos gobernantes: "Más allá del caos", fue su lacónica respuesta. Vivíamos el despotismo y la frivolidad del presidente José López Portillo, las excentricidades de su esposa Carmen Romano, los excesos de su hermana Margarita —La Pésima Musa—, la regencia de Carlos Hank González, la policía del Negro Durazo, la inseguridad y la violencia en la Ciudad de México, la devaluación del peso, las sospechas de la relación del ejército con Caro Quintero... Y sin embargo, al fraile le pareció una mera ocurrencia la respuesta de Palillo. No nos podía ir peor —pensaba—; en algún momento las cosas comenzarían a mejorar. Pobre tonto.

Más de 30 años después se confirma el pronóstico del genial y neurasténico cómico. Los políticos ya no disimulan sus ranchos, sus casas, sus viajes, sus joyas, sus relojes, sus tranzas a la vista de todos. La delincuencia organizada es cada vez más violenta y la ciudadanía explota en protestas como la de los jornaleros del Valle de San Quintín, quienes solo así se hicieron escuchar.

En la misma conversación con Palillo, el amanuense le preguntó su opinión sobre los políticos de ese momento y los de antes. "Los de antes eran mejores", le respondió. Ante el silencio de su interlocutor, añadió: "Tenían vergüenza; ahora hasta eso han perdido y nos les importa nada de lo que se dice de ellos".

¿Y los de estos días de furia?, se interroga el monje cuando revisa los periódicos o escucha las noticias en la radio o la televisión. Durante las campañas se bañan de lodo, se les descubre su pasado negro y sus relaciones torcidas. Y no pasa nada. Apuestan a la mercadotecnia y al olvido. Por eso el fraile ha decidido anular su voto. En verdad, no hay a quién irle, excepto, si hablamos de cosas serias, al Barcelona en la Champions.

Queridos cinco lectores, con una pesada losa sobre la joroba por el imperdonable descuido de no mencionar en el suplemento Laberinto dedicado a Rubem Fonseca a Cal y Arena como su casa editora en México, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.