Misiva

[Escolios]
Oliver Sacks
Oliver Sacks

Ciudad de México

Estimado profesor Oliver Sacks: hace unos meses usted publicó una carta para informar de su padecimiento terminal y, de modo sobrio y luminoso, despedirse de la vida. Yo quiero expresarle mi agradecimiento de lector, pues con su obra nos ha hecho más cercanos y misteriosos a la vez los vericuetos del albedrío, los secretos de la percepción y el universo de las enfermedades mentales y trastornos neurológicos. Es loable que un neurólogo reconocido haya tenido la inquietud de articular y compartir, ante un público profano, las preguntas más hondas que le suscitaba la enfermedad y los sentimientos de perplejidad, simpatía o dolor que experimentaba ante sus pacientes. Los casos que, con innato oficio narrativo, usted relata son desgarradores y excéntricos: desde las amnesias más agresivas que propician que la vida se convierta en un flujo ajeno a la significación hasta esos ataques de reminiscencias musicales producto de algún tumor. Sus textos transitan de lo clínico a lo estético y los dilemas físicos se vuelven metafísicos. Usted nos hace conscientes de la fragilidad de los equilibrios en que reposamos y devuelve su individualidad y dignidad a los enfermos al recontar su historia desde la empatía literaria. Pienso en ese conmovedor catálogo de seres extravagantes, enclaustrados en sus asombrosas sensibilidades pitagóricas, musicales, icónicas o poéticas, o en esos "discapacitados", según las convenciones del coeficiente mental, cuya sabiduría vital, sin embargo, les permite experimentar sus propias formas de realización y plenitud. Usted convierte los expedientes en historias, salvando el abismo entre la ciencia impersonal y la anécdota viva, entre la neurología, la psiquiatría y la poesía.

No me extraña que muchos de sus textos indaguen de manera tan exacta en la naturaleza del lenguaje. Por ejemplo, en "El discurso del presidente" usted describe una escena insólita: en el pabellón de un hospital decenas de pacientes miran la televisión y ríen a carcajadas; no se trata de un programa cómico, es uno de los discursos más importantes del entonces presidente estadunidense Ronald Reagan y el pabellón es el de los afásicos. La afasia, explica usted, es la incapacidad de entender las palabras en su sentido conceptual: los afásicos son aptos para entender tonos, expresiones y signos no verbales, así como los registros emocionales, pero no los conceptos. Por eso, no es posible engañar con retórica a un afásico porque se concentran en la expresividad primaria, más que en el manipulable significado. La perspicacia del afásico ante el lenguaje histriónico de los políticos o ante cualquier palabrería es ejemplar y acierta usted al señalar que un poco de esa patología podría volver más puras las palabras de la tribu. En fin, lo que hace usted (y deberían hacer todos los médicos y científicos) es practicar una ciencia existencial y estética, una gaya ciencia que, si no siempre puede "curar", sí ayuda a confortar y deleitar.