¡Que no somos clientes, chingada madre!

América Latina recauda un porcentaje de impuestos respecto a su PIB bastante menor que el de economías más desarrolladas.
La OCDE presentó un informe esta semana.
La OCDE presentó un informe esta semana. (AFP)

México

Esta semana se publicó un estudio de la OCDE que revela que América Latina recauda un porcentaje de impuestos respecto a su PIB bastante menor que el de economías más desarrolladas. Las implicaciones de esto, sobre todo en cuanto a servicios públicos, son evidentes: si el gobierno dispone de menos dinero, lógicamente podrá invertir menos en salud, educación, vivienda, etc. El funcionario encargado de presentar el estudio (¿por qué será que todos los tecnócratas parecen llamarse igual, vestirse igual, hablar igual, haber estudiado y trabajado en las mismas universidades y empresas?, ¿serán en realidad uno solo que va adoptando diversas personalidades?) comentaba que el ciudadano latinoamericano es un “cliente insatisfecho”, y que por eso es más reacio que, por ejemplo, su contraparte europea, a pagar los impuestos correspondientes. También mencionaba a la economía informal como uno de los grandes retos pendientes para incrementar la recaudación fiscal. Entonces, si logramos convencer al cliente promedio de que en la tienda de servicios públicos le darán más por su dinero, y si logramos convencer a los pobres de que en lugar de poner un puesto de quesadillas en la calle, o de vender afuera del Metro baratijas contrabandeadas, mejor inviertan en un Starbucks o, todavía mejor, en una start-up tecnológica, podremos poco a poco recaudar más impuestos, y con eso acercarnos a tener los servicios que las sociedades de primer mundo ofrecen a sus propios clientes-ciudadanos.

En cambio, del tema de evasión y elusión fiscal por parte de las grandes corporaciones, el funcionario en cuestión no mencionó nada. Tampoco sobre las empresas de outsourcing que evitan el pago de los correspondientes impuestos a la nómina ni de las empresas fantasma que expiden facturas fantasma para bajar las utilidades millonarias ni de los millones que se evaden al tener al servicio doméstico trabajando sin contrato, y por lo tanto sin ningún tipo de prestación legal. Pero lo peor ni siquiera es eso: los tecnócratas no entienden que la equiparación del ciudadano con el cliente implicaría precisamente sociedades conformadas por individuos egoístas que solo calculan su costo-beneficio personal. Se les escapa que vivir en comunidad implica siempre algún grado de lazos de solidaridad, de procurar el bienestar común, de participar en actos e instituciones —como pagar impuestos— que se llevan a cabo para sostener un modo de vida que en última instancia nos atañe a todos. Precisamente, esos lazos de solidaridad familiares y comunales son los que permiten que los marginados consigan milagrosamente subsistir. Quizá no estaría mal que Harvard, Chicago o el MIT incluyeran materias de ética y de responsabilidad social en los currículos de sus doctorados en economía o sus maestrías en administración y finanzas.